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Aprendiendo a cocinar: las Recetas del Duende

Aprendiendo a cocinar: las Recetas del Duende

La casa estaba en silencio. Todos dormían. Nada hacía presagiar lo que se estaba preparando.

En la cocina el frigorífico comenzó a moverse, y dentro se escuchaban gritos.

¡No aguanto más, dijo el pimiento rojo: Esta casa es un aburrimiento. ¡Y que lo digas!, dijo el tomate. Yo echo mucho de menos estar en una buena ensalada de maíz tierno, atún y aceitunas.

¿Y qué me decís de mí?, preguntó el plátano. Yo ayudo a que los niños estén bien fuertes.

Y yo, y yo –gritó una pequeña mandarina-: yo estoy súper-riquísima y ayudo a que los niños y niñas no se resfríen.

Pues yo, dijo la lechuga, soy de lo más importante, porque ¿qué serían las ensaladas sin mí?

Bueno, bueno, dijo el pepino: la zanahoria y yo hemos pensado que hay que ayudar a estos niños a que aprendan lo riquísimos que estamos y lo bueno y necesario que es que nos coman.

Vale, dijo la manzana, pero ¿cómo lo vamos a hacer?

Bien, dijo la naranja muy bajito: Un día vi que el limón y la fresa tenían un pequeño librito de recetas divertidas que estaban hechas para niños y niñas. Se lo regaló un abuelito duende que las preparaba y las ponía en las cocinas de las niñas y niños a los que no les gustaba ni la fruta ni la verdura.

 ¿Y sirvió para algo?, insistió la manzana.

Pues sí, le contestó el plátano, porque en las casas donde hacían esas recetas, a las niñas y niños les encantaban.

Entonces dijo la lechuga con entusiasmo: Pues venga, manos a la obra: Hay que llamar al duende y que se ponga a hacer esas recetas.

Al día siguiente, en la mesa de la cocina había una nota y muchos platos estupendos hechos con las recetas del duende.

La nota decía así:

Queridas niñas y niños: Soy el duende Mampantín. Estas recetas de cocina las he hecho para que las probéis, que seguro os encantarán.

¡Ah!… y son facilísimas de hacer. Intentadlo con vuestras mamás y vuestros papás. Firmado: El duende Mampantín.

 

A continuación podéis ver en fotos esas ‘recetas del duende’.      FIN

© M T Carretero

El tronco con un plátano, las palmas gajos de mandarina, la base manzana.

El humo con tiritas de pimiento, y también en el contorno de la puerta;  la parte central y periferia pan de molde o similar, el sol, ventanas y puerta con queso. La partición de la puerta mortadela y asimismo los ositos (troquelados).

Reloj: Para el centro un corte circular de naranja, alrededor arándanos; las marcas de las horas con astillitas de bizcocho o chocolate y sobre las 12 un bombón .

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 Ingredienes de estas palmeras:

plátanos, mandarina, manzana la base.

Casita: pan de molde,

tiritas de pimiento queso en puertas y ventanas y el sol, ositos (troquelados )

de mortadela.

 

Reloj: Corte circular de naranja

arándanos alrededor, bombón arriba

tiritas de cereza en las horas.

 

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La Escuela de Hadas

La Escuela de Hadas

Había un pueblecito de hadas en un bosque muy frondoso. El pueblo tenía una plaza donde se reunían para las cosas importantes, también tenía una escuela, una guardería, un gimnasio y una biblioteca.

No tenía ni tiendas, ni médico, porque las hadas utilizaban su barita mágica para  obtener  la comida que les gustaba y para curarse cuando se ponían enfermas.

El pueblo era muy especial: en invierno las casas estaban muy cerca unas de otras, pues a las hadas les gustaba mucho sentirse cerca con el frío. En verano las casas se distanciaban, tenían todas  grandes jardines donde pasear y cuidar flores.

Las hadas cuidaban con mimo el pueblo. Por grupos se distribuían el trabajo. Unas se dedicaban a que estuviera el pueblo muy limpio y a que las aceras estuvieran bien enlosadas, para que las hadas viejecitas no tropezaran.

  Lo más interesante del pueblo era un semáforo, que funcionaba cuando había muchas  hadas volando al mismo tiempo. El semáforo tenía forma de girasol, de pájaro, de dragón… Cada día era diferente y eso divertía a las pequeñas aprendices de hadas. La presidenta de las hadas se llamaba Muguinda y junto con un consejo de hadas y las profesoras supervisaban los estudios de las  aprendices de hadas en la guardería y en el colegio.

    A las pequeñas aprendices de hadas les enseñaban en la guardería, a hablar, a jugar y a cantar canciones de hadas. También hacían ejercicios para que les salieran las alas poquito a poco. Las haditas que iban al colegio ya tenían sus alas, eran muy finas y transparentes. Una asignatura muy importante era: aprender y ayudar a las compañeras a cuidarlas y cómo evitar que se estropearan. Esta clase la daba el hada cuidadosa. El hada mágica les enseñaba a hacer magias increíbles. El hada generosa les enseñaba a prestar ayuda a quien la necesitara.

      Lo que más gustaba a las aprendices de hada era la clase del hada traviesa. En ella podían hacer las travesuras que quisieran: gritar, encaramarse al techo, volar boca abajo, convertirse en animalillos…

 En el colegio aprendían las palabras mágicas, para cada ocasión y cómo actuar cuando se encontraran con brujas o genios.

Un día ocurrió un hecho extraordinario: Apareció en la plaza del pueblo un geniecillo, era casi un bebé. Lo llevaron al hada presidenta. ¿A qué venís a mi casa, pasa algo?, preguntó Muguinda. Pues sí: Hemos encontrado en la plaza esta criatura llorando. Muguinda miró al bebé que le sonrió e intento tocarla. Muguinda se quedó pensativa y dijo con voz muy seria: ¿habeís visto que no es un hada verdad?. Sí respondieron ellas, ¿ pero qué hacemos con él?, ¿lo abandonamos y que muera de frio?.No, dijo Muguinda: las hadas están para ayudar y eso haremos. Nos quedaremos con él.

Arturín era muy aplicadoCuando llegó el tiempo de ir a la guardería surgió un problema Arturín no era un hada, pero tenia que ir a la guardería para aprender como las demás y decidieron que lo educarían como ellas  sabían en una guardería para aprendices de hadas, y eso hicieron.

Arturín aprendía todo lo que aprendían las pequeñas haditas. Al terminar la guardería sus compañeras, todas, tenían sus incipientes  alas. Arturín estaba muy preocupado porque a él no le estaban saliendo  y muy triste le dijo a su mejor amiga:¿ es qué yo nunca tendré alas?. No te preocupes tu sigue haciendo los ejercicios y ya verás como te crecen.

Cuando Arturín aprendió a leer iba mucho a la biblioteca y cada vez que encontraba un libro que hablara de las alas de las hadas se lo leía de carrerilla. En uno de los libros leyó que una vez  a un hada no le salieron  alas, pese a lo cual fue muy feliz, pues al tener que moverse andando conoció a mucha gente a la que pudo ayudar. Esto lo contó a otra amiga que le confirmó  que su abuela no tenía tampoco alas.

Las compañeras se dieron cuenta de lo importante que era para Arturín tener alas. Entonces pidieron ayuda a las hadas Cuidadosa y Generosa. Con su ayuda construyeron unas alas hechas de hilos de seda, rayos de sol y de luna y gotitas de rocío ensartadas como si fueran perlas entre besos y caricias de hada.

 brillantes alas. Arturín  ya se había resignado a no tenerlas. Cada hada recibió su varita mágica para toda su vida. Arturín recibió su varita y también las preciosas alas hechas por sus compañeras y profesoras.

Tan contento se puso que olvidó la varita y estrechó entre sus brazos las alas, llorando de alegría. Por la noche no cesaba de acariciar sus alas; antes de dormirse las guardó con cuidado en el armario. Soñó que tenía en la espalda sus alas y que podía volar junto a sus compañeras. Al despertar no vio sus alas en el armario ni en la habitación. ¡Qué pena!, exclamó, pero al momento… se vio en el espejo y con sorpresa comprobó que las llevaba en su espalda. Al tocarlas vio que las tenía adheridas como todas las haditas. Sonrió al notar que se elevaba en la habitación. Por fin Arturín tenía sus hadas y como sus amigas haditas podía volar.

                                    FIN  © M T Carretero

El Soldadito de Plomo

El Soldadito de Plomo

Karl era un niño que vivía en una casita con sus padres en una bonita ciudad. Estaba muy contento, pues faltaban solo unos días para su cumpleaños. Mamá, preguntó: ¿qué me vais a regalar por mi cumpleaños?. -Es un secreto. ¡Pero mamá!…, replicó Karl. -Ten paciencia hijo, pronto lo verás. Llegó el día del cumpleaños. Apagó las velas y comió la tarta. Entonces su papá le trajo una caja con un lazo verde, que él se apresuró a deshacer y abrir. Dentro había 15 soldaditos idénticos, con los pantaloncitos azules, las casacas rojas y sus gorras. Papá, dijo emocionado: nunca había tenido tantos juguetes juntos. Los soldaditos estaban hechos de un cuenco de plomo. Pero como eran tantos, para el último faltó material y el soldadito se quedó sin una pierna. Eso no le preocupaba, a nuestro soldadito, él era feliz, desfilaba junto a sus compañeros y permanecía erguido junto a los demás. Por la noche, Karl subió su caja de soldaditos a su habitación. La colocó en un mueble y sacó uno a uno los soldaditos. Nuestro soldadito miró alrededor: tras él había un bonito castillo de cartón. De pronto observó en el mueble una hermosa bailarina que danzaba. Miró sus piernas: vio cómo la bailarina, danzaba sobre una única pierna, y viéndola como él, se enamoró perdidamente de la muchacha.

-Hola soldadito. – Hola bailarina, ¿quieres ser mi amiga? .- Claro que sí, soldadito. Desde ese momento, pasaban el tiempo hablando y contándose historias.
En la habitación de Karl había un payaso, antipático que no hacía reír a nadie. El payaso estaba enamorado en secreto de la bailarina. No puedo soportar que ese soldadito hable tanto con mi bailarina, decía.
A la bailarina le gustaban las flores. Una mañana que la ventana estaba abierta, el soldadito salió al alfeizar de la ventana y cogió de una maceta unas pequeñas margaritas para su bailarina. El payaso que vigilaba al soldadito corrió a la ventana para cerrarla. Nuestro soldadito intentó impedirlo, pero resbaló y cayó al jardín.
Qué mala suerte, nadie me verá aquí tendido en el césped, se dijo; y se puso a mirar el cielo que comenzaba a oscurecerse. De pronto comenzó a llover más y más. Todo el jardín se encharcó y el agua fue arrastrando el soldadito hasta la puerta de la casa y por la calle. Al doblar una esquina, fue engullido por una alcantarilla. Esto está muy oscuro, pero yo no tengo miedo, pensó. Así recorrió parte de la ciudad bajo el suelo. Vio luz a lo lejos, al tiempo que oía el ruido del agua más fuerte. Bueno, se dijo, ya estoy en el mar. Pero era un lago. Entonces comenzó a nadar hacia la orilla, mientras pensaba: pronto estaré fuera del agua.

 Aún le aguardaban más peligros. Todo volvió a oscurecerse de nuevo. ¡Pero, otra vez! dijo en voz alta , algo enfadado. Miró a su alrededor y vio que estaba dentro de la boca de un pez.

Pero tampoco tuvo miedo. Resbaló por la garganta y bajó hasta su barriga.
Allí permaneció durante varios días. Él se entretenía cantando y pensando en su bailarina.
Una mañana el pez dejó de nadar, pero nuestro soldadito no se preocupó porque seguía sin tener miedo.
Mientras tanto, Karl había buscado por toda su habitación al soldadito, pero no lo encontró. Estaba triste porque había desaparecido uno de sus soldaditos.
Su mamá, para animarlo, fue al mercado a comprar pescado para hacerle su comida favorita.
Cuando llegó a casa, se puso a preparar el pescado y cuando abrió la barriga del pez dio un grito al ver el soldadito de plomo que su hijo tanto había buscado.
Cuando Karl vio el soldadito, se puso muy contento. Lo cogió entre sus manos, lo lavó con mucho cuidado y lo colocó junto a sus compañeros.
El soldadito estaba tan contento que temblaba de felicidad. Miró a la bailarina que le sonreía muy contenta. Esta se acercó al soldadito y le dio un beso. Por la noche el soldadito contó su aventura a todos los juguetes. Ellos alabaron su valentía y pasó a ser el héroe de todos los juguetes. El payaso se escondió avergonzado en una caja y el soldadito fue muy feliz con sus compañeros y su bailarina.
FIN                                Adaptación M T Carretero

Wissi, el Monstruo Pequeñajo y Peludo

Wissi, el Monstruo Pequeñajo y Peludo

Wissi era un monstruo pequeñajo y peludo. Era muy antipático y solo sabía hablar a gritos. Oye, tú, le decía a un conejito: ¡Vete de aquí, que no quiero verte; ¿me oyes?! El conejito levantó la cabeza y lo miró. –¿No me oyes? ¡que te estoy hablando a ti! –¿A mmi mi?, contestaba el conejito con voz temblorosa; pe..pero si yo solo estoy comiendo hierba… –Pues eso: ¡no quiero que comas hierba en mi presencia!, ¿te enteras? – Bueno, me iré a otro lugar. -Oye Wissi, ¿te duele la tripa?, preguntó el conejito. – ¡Por qué! ¡¿Por qué me va a doler la tripa?!, dijo el monstruo pequeñajo. –Porque cuando me duele a mí la tripa me pongo de mal humor y me enfado. – Pues a mí no me duele nada. Soy así, muy antipático, tengo muy malas pulgas y me gusta ser así, ¿entendido?. – Sí, sí, sí –dijo el conejito en voz baja mientras se marchaba corriendo. ¡No he conocido a nadie que sea así de extraño como ese monstruo pequeñajo.
Llegó a su madriguera; poco después oyó a un mirlo conversar con un jilguero: –¿Has visto al monstruo pequeñajo? -No, pero lo he oído gritar, dijo el jilguero.–Se pasa el día molestando a todo el bosque. -Eso he oído decir a varios animalillos. -Nunca he conocido a nadie que tenga un carácter tan difícil, insistió el mirlo. –Parece que es feliz así, dijo el jilguero. -¿Eso es posible?, dijo el mirlo extrañado. -Eso es lo que dicen.
Poco a poco los animalillos del bosque se fueron hartando de los gritos de Wissi y de su forma de tratar a todo el mundo. Ese año el invierno fue muy frío: el bosque estuvo cubierto de nieve muchos días seguidos y la comida resultaba difícil de encontrar. Los animalitos no sabían qué hacer para seguir viviendo y no morir de frío y hambre.
Se reunieron y entre todos decidieron juntar toda la comida que encontraran en un gran hueco que tenía en el tronco el Árbol Centenario. Se pasaban el día trabajando: las ardillas se subían a lo alto de los pinos para sacarles a las piñas los piñones. Los corzos aprendieron a sacudir las ramas nevadas del acebo para recoger sus bayas rojas. Las liebres descubrían las bayas azuladas de las matas de arándano y las llevaban al almacén del Árbol y muchos trajeron comida que aún quedaba en sus despensas. Un jilguero vio un reguero de granos de trigo que se le caían del saco al granjero. Avisó a los otros; formaron un ejército de pájaros llevando todo ese trigo al agujero del gran Árbol.
Estaban todos muy contentos porque tendrían comida para todo el invierno.

Wissi estaba aburrido de no tener a quien molestar y se fue a ver a una rana que tenía tan mal carácter como él.
-¿Qué haces aquí?, le gritó ella. –Venía a verte, Rana –dijo Wissi. –Márchate, que hoy no quiero ver a nadie, vete, quiero estar sola, dijo ella. –Pero… -¡He dicho que te vayas… Ya!
Días después, Wissi estaba ya muy aburrido, tenía frío y hambre y se fue pronto a su cueva. –No tengo ni leña para calentarme y estoy helado. ¡Si hubiera hecho caso a esas ocas que me ofrecieron recoger plumón del que se les cae, para que me hiciese un edredón para el invierno…!
Hacía tanto frío que no se atrevía a salir de su cueva.
Se le había terminado la comida y solo le quedaban unas pocas raíces, que olían bastante mal. –Como estoy enfadado con todos, nadie me echará de menos y hasta estarán felices de no verme ni oírme gritar.
Desde su cueva oía las risas de los animalillos deslizándose por la nieve. –Si no hubiera sido tan antipático y cascarrabias, ahora jugaría con ellos y me ayudarían a calentarme y a no pasar hambre. Pero si les pido comida, se reirán de mí y me dirán que me la busque yo solo. Y rompió a llorar. El jilguero, que pasó junto a su cueva lo oyó. –¡No me lo puedo creer!, dijo: ¡el monstruo pequeñajo y peludo está llorando!. – He escuchado algo increíble, explicó a sus amigos -¿Qué, qué?, dijeron. ¿Es que sabes dónde hay más comida?-dijo una comadreja glotona. –No, no, no lo creeréis: ¡Wissi estaba llorando en su cueva!. Todos callaron de pronto. –Eso no puede ser, dijo el conejito; te habrás equivocado–Os digo que es verdad, insistió el pájaro. –Pues dejémoslo, dijo un corzo. –No, a lo mejor nos necesita, dijo una marmota. –¿Pero qué ha hecho para que nos preocupemos por él y le ayudemos?, objetó un mirlo. Nada, pero debemos ayudarle si nos necesita –insistió la marmota.
Tras mucho hablar, decidieron ir todos a su cueva.
Wissi estaba muy débil: apenas podía hablar. Lo abrigaron, encendieron fuego y le dieron caldo calentito.
Wissi susurraba: gracias, gracias, con una voz suave que los animalitos apenas reconocían; de sus ojos caían una lágrimas.
Así fue como Wissi aprendió que tratar bien a los demás es mejor que ser un cascarrabias.

Ya nunca más volvió a gritar y llegó a ser el más simpático de todos los habitantes del bosque.

                          FIN   © M T Carretero García

Caperucita Roja

Caperucita Roja

Caperucita y su mamá vivían en una casita a la orilla de un bosque. La llamaban así porque siempre llevaba una capa roja con capucha. Un día le dijo su mamá: Toma esta cesta, que tiene un tarro de miel y unas tortas, y llévasela  a la abuelita. La abuelita vivía en una casita al fondo del bosque.

Procura no entretenerte y vuelve pronto porque hay en el bosque un lobo. Y si sale, no hables con él.

Caperucita Roja cogió la cesta y echó a andar.

Iba contenta porque le encantaba oír los pájaros, charlar con los conejitos y ver las mariposas.

En un recodo le salió el lobo y le dijo: ¿A dónde vas, Caperucita?

-Voy a casa de mi abuelita, dijo ella.

Y se puso a mirar las mariposas y a coger flores para hacerle a su abuelita un ramo.

El lobo fue por delante a la casa de la abuelita y llamó a la puerta. La abuelita, pensando que era su nieta abrió la puerta y el lobo se la comió.

Pasaba un cazador y vio al lobo entrar y le pareció cosa rara que abrieran la puerta a un lobo.

Después de comerse a la abuela, el lobo se puso su ropa y se metió en la cama.

Llegó Caperucita cantando una canción, pero al ver a la abuela, la notó rara.

  – Abuelita, qué ojos tan grandes tienes, dijo

– Son para verte mejor– dijo el lobo fingiendo voz de persona.

El lobo se había quedado dormido de todo lo que había comido.

El cazador le abrió con un cuchillo la tripa y sacó a la niña y a su abuelita, que se las había tragado enteritas.

En su lugar le pusieron un montón de piedras y le cosieron la tripa otra vez.

Cuando el lobo despertó, tenía mucha sed con todas esas piedras dentro, así que se fue a beber al río.

Con el peso de las piedras, el lobo se cayó dentro y se ahogó.

Después de este gran susto, Caperucita prometió a su mamá y abuela que nunca más se entretendría en los recados ni hablaría con desconocidos y que sería siempre muy obediente a los consejos de su mamá.

FIN                                         Adaptación M. T. Carretero        

Visita al Museo

Visita al Museo

En la clase de la Señorita Ana preparaban la visita al museo. ¿Qué es un museo?, preguntó Alicia

-Es la casa donde viven esculturas, pinturas y objetos de arte. Una casa muy especial con obras de artistas que se exponen para mostrarnos personas importantes, ciudades, pueblos, y la forma de vivir de las gentes.

¿Como una foto antigua? –preguntó una niña. –Eso es, contestó la Seño: los cuadros de un museo nos enseñan cómo se vivía, cómo se vestía y cómo se jugaba en distintas épocas.

¿Yo podría haber sido un pintor famoso? –preguntó Pedro.

-Claro, cualquiera con tal de que tuviera empeño, se le diese bien la pintura y contase con un buen maestro.

-Yo sé nombres de pintores famosos, dijo Carmen: Goya, Morisot, Picasso, Kahlo, Botero…

¿Y te gustan sus cuadros? –preguntó la Seño. –Bueno, a veces no los entiendo. Pero cuando me los explican me encanta mirarlos.

El día de la visita, poco después de entrar en el museo, Ángel quedó rezagado mirando el cuadro de una niña.

De pronto oyó una voz: ¿Te gusta mi gato?. Ángel miró alrededor; estaba solo. Sonó la voz de nuevo, esta vez más fuerte: Te he dicho que si te gusta mi gato. -¿Pero dónde estás?, ¿quién eres?.

Soy Julie, la niña del cuadro. Ángel se quedó mudo. ¿Cómo podía hablar una niña desde un cuadro?. Intentó huir de la sala. La niña dijo con voz triste: No te vayas, juega un poco conmigo, porfa… ¡paso tanto tiempo sola! Y se puso a llorar.

Ángel sintió pena y pensó: Somos tantos que la Seño no va a notar que falto; además, dentro del museo no me puedo perder… así que dijo a Julie: Bien, cómo jugamos?

-Es muy fácil: entra en el cuadro. Yo te doy la mano.

-¿Podré salir luego?, preguntó él un poco asustado.

-Claro, cuando quieras; tú dame la mano y salta adentro del cuadro. –No cabré. –Claro que sí, ya lo verás. Ángel agarró la mano de Julie y cerró los ojos. Cuando los abrió, estaba en la habitación del cuadro con la niña y el gato. –Me llamo Ángel, dijo. ¿Te aburres mucho en el cuadro, siempre en la misma postura?.

–A veces. Estaba muy contenta cuando me pintaron porque me gustaba verme; después me cansé un poco. Cuando me vendieron al museo, me hizo muchísima ilusión: mi papá es Manet, el famoso pintor y, claro, venía mucha gente a verme. Ahora me encanta ver la cara que ponen los niños cuando les guiño un ojo, les sonrío o les saludo con la mano.

¿Y si te ven los mayores? –Esos nunca lo notan, y si alguien les cuenta lo que hago, no lo creen y dicen que se lo está inventando.

-¿Eres algo traviesa, no?. –¡Qué va!, me divierto como puedo. ¿A qué quieres que juguemos, Ángel? –No sé, tú vives en el museo, yo no. –De acuerdo: te enseñaré cuadros donde se ven niños. –Estupendo, Julie, buena idea. –Ayer trajeron unos cuadros; son de niños jugando, vamos a verlos, aunque puede que estén durmiendo. –Pero, Julie…¡es de día! -Ya, pero estarán muy cansados del viaje.

Los pintó Francisco de Ho.. Hoya o .. –¡Goya, Julie!: Francisco de Goya, pintor español de hace tres siglos. Mira a esos dos, Julie, ¿qué hacen, inflando un globo?. –No, hombre: se están haciendo un balón, para jugar, con la vejiga de un cerdo.

-Venid, venid, estamos inflando un balón, dicen los niños. -¿Para jugar al fútbol? .-Pero qué es eso de fútbol –pregunta Mateo desde el cuadro. –Pues lo que se ve en la Tele. -¿Y qué es la Tele esa, dice el compañero de Mateo a Julie. –A mí no me preguntéis, que yo tampoco entiendo a mi amigo. (Ángel comienza a explicarse: Pues, pues… ‘vaya, qué tontería’, piensa: ¡si hace tres siglos no se había inventado el fútbol, ni la tele!).

-¿Y a qué más jugáis? –Pues a ser soldados con espadas de madera, y también al burro. –Eso sí lo conozco, dijo Ángel: aún se juega, me encanta.

-También tenemos juguetes: son de madera: carruajes, caballitos, tambores, flautas…

-El otro día, un caballo se salió de un cuadro y su amo recorrió todo el museo buscándolo, dijo Julie.

-¿Y lo encontró?, preguntó Ángel. –Sí, poco antes de abrirse el museo, pero su amo tuvo que cantarle una canción para que volviera al cuadro. –¡Pues sí que pasan cosas en el museo!, dijo Ángel. ¡¡Bueno, ya lo creo…!!, aseguró Mateo el de la vejiga, ¡Y por la noche cuando todo está a oscuras, ni te imaginas…!

-Oíd esas voces, hay gente cerca; tengo que volver a mi cuadro, dijo Julie. ¡Corre, Ángel, que nos van a descubrir!

-Adiós, amigos, se despidió Ángel, ¡Hasta otro día!

–¿Habéis visto a mi gato?, seguro que está paseando por las salas… miss, misss, misss. (el gato acude corriendo y se sube a los brazos de Julie).

Los tres entran en el cuadro. Un niño mira el folleto del museo y le dice a su madre: ¡Mamá, ese niño no está en la fotografía del cuadro!.

Ángel, en un descuido del niño sale del cuadro. La mamá del chico mira el cuadro y dice: No digas tonterías: en el cuadro solo están la niña y el gato. -¡Pero mamá…!

-¿Ves, hijo, ves? Has comido demasiadas chuches.

Mientras, Ángel dice adiós a Julie. Ella le saluda con la mano.

-Mamá, mamá, mira –repite el niño al ver a Julie mover la mano.

-¿¡Pero otra vez con lo mismo, hijo!?

Los compañeros de Ángel salen del museo. Este se une al grupo.  -¿Qué os ha parecido la visita al museo?, les pregunta la señorita Ana.

Muy bien, muy chuli, repiten a coro; una experiencia genial. Única, súper -añade Ángel sonriendo. Otro día volveré a visitar a Julie, dice para sí.

FIN                                              

©Mª Teresa Carretero García