Estaba el Rey Sandalio en su palacio, cuando sintió hambre. Llamó a sus criados. Nadie vino.

¡Pero qué despistado soy: si están todos en el bosque!. Les di permiso para acompañar a la reina y la princesa.

Bueno, se dijo: No será tan difícil llegar a la cocina. Seguro que la encontraré y habrá muchísima comida.

Iba recorriendo pasillos y pasillos mientras pensaba: ¡pero qué palacio tan grande tengo!

El rey se dio un susto cuando, al doblar una esquina lo sorprendió un payaso. ¿Qué haces tú aquí en mis pasillos? -preguntó el payaso.

Soy Sandalio, tu rey, respondió él. El payaso se tiró al suelo y empezó a revolcarse de risa. ¿Tú el rey? El rey soy yo. -NO, insistió el rey El Rey soy yo: ¿no ves que llevo corona?.

¡Bueno! Replicó el payaso; la puedes haber comprado en una tienda, o lo que es peor: me la puedes haber quitado a mí.

¡Guardias, guardias, a mí! –dijo el payaso. Abrió una puerta, y entrando a una habitación a oscuras desapareció.

El rey lo siguió, y pronto se dio cuenta de que había alguien: era un hada que dormía con su varita mágica en las manos -lo supo porque la varita relucía. Del susto, el hada despertó y sin querer tocó el vestido del rey. De pronto éste se convirtió en un pollito.

El rey se dio cuenta de que su aspecto era ahora distinto. Buscó un espejo y tuvo un susto tremendo: se quedó petrificado al verse:  ¿Qué me pasa?: ¡ya no soy un rey, soy un pollito!

Dios mío –lloraba el pollito: cuando vengan la reina y la princesa, no me reconocerán. ¿Qué puedo hacer? Ahora no me sirve de nada ser rey porque nadie me creerá.

Iba pensando esto por un pasillo, cuando se encontró con el gato de la princesa, que se llamaba Tito y siempre estaba enfadado.

Tito lo miró muy serio, se relamió y comenzó a perseguir al rey pollito. El pollito rey gritaba con todas sus fuerzas: ¡Para, Tito, que soy el Rey!

Cada vez que hablaba el pollito, el gato se enfadaba más y más y corría persiguiéndolo.

Paseaba tranquilamente por el pasillo Furia, el perro del rey, y al ver la carrera del gato y el pollito, se incorporó al juego. El pollito gritaba: ¡Socorro, que soy el rey, que soy el rey! ¡A mí la guardia!

Tico corría y corría tras el pollito y el perro tras el gato Tito. ¡Dios mío, decía el rey pollito, ¡qué mala suerte tengo! Me cogerá el gatito y al gatito mi perro, mi fiel perro.

El rey comenzó a llorar y llorar mientras corría. El perro se dio cuenta y sintió lástima del pollito y dijo abriendo mucho las fauces: Oye, gatito, deja al pollito, ¿no ves que llora? –Pues que llore, dijo Tito: Yo me quiero divertir. Que pase miedo, que para eso soy un gato.

Entonces el pollito habló muy alto y dijo al perro: ¡escúchame, Furia!

-No soy un pollito, soy tu amo, tu rey. Pero señor, dijo el perro: ¿Cómo sabré que lo que decís es verdad y no es un encantamiento?

Acércate, Furia, dijo el rey; haré algo con lo que me reconocerás: y entonces el pollito silbó una canción que solo conocían el rey y su fiel perro.

-Pero señor, ¿qué os ha pasado?

-Es una larga historia: busca al hada que duerme en la habitación de cristal y cuéntale lo que me pasa.

El pollito volvió a convertirse en rey y se puso muy contento.

Cuando la princesa y la reina volvieron del bosque, le dijeron al rey: te habrás aburrido mucho aquí solo, ¿no?

-Sí, bueno… un poco, respondió el rey mientras sonreía y acariciaba a Furia, su perro fiel.

FIN

© Mª Teresa Carretero García

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