LOS REFRANES: Son píldoras de sentido común. Ayudan a reflexionar sobre la propia conducta. Son sabiduría decantada a través del tiempo. Hay que usarlos, como sugiere Cervantes, con mesura y donde conviene, no ‘sin ton ni son’. Estos tres de hoy van acompañados de anécdotas, pequeños relatos que muestran su pertinencia.

CUANTO MÁS ESCARBA LA GALLINA, MÁS TIERRA ECHA ENCIMA

Carlitos había sido invitado por la mamá de su amigo Juan a pasar unos dí­as en su casa de campo.

Mamá, preguntó Carlitos, ¿puedo irme unos dí­as a la casa de Juan? Claro, es un niño muy simpático y buen amigo. Seguro que lo pasaréis bien.

Carlitos se fue a jugar con una cometa que había construido con la ayuda de su abuelo. Mientras hacía volar su cometa, pensaba:

¿Qué será mejor: irme con mi amigo, jugar en el rí­o, subir al monte o quedarme en casa con mis papás y poder ir a la playa y bañarme? Pero, claro, en la playa no tengo amigas ni amigos. Pero ¿y si en el campo hay una tormenta? ¡con el miedo que me dan!

Mejor me quedo con mis padres: podré jugar a las adivinanzas, leeremos cuentos, jugaremos al parchís… Me voy con Carlitos, o me quedo en casa? No sé, no sé.

Al día siguiente volvió a pensar sobre el tema. No, se dijo, me quedo en casa.

Por la tarde volvió a pensar sobre ello: Estoy hecho un lí­o; ¿Me voy? ¿me quedo?

Al día siguiente, su madre le dijo: ha llamado la mamá de Juan. Pregunta si vas a ir con ellos al campo. -No voy a ir, me quedo con vosotros. -“Bien, hijo, como tú quieras.

Un dí­a después le dijo a Carlitos su mamá: Tenemos que ir a casa de la abuelita Ángela. Está malita y vamos a ir a cuidarla. Tendrás que quedarte con tí­a Roberta.

¡Qué fastidio!, dijo Carlitos. Si me hubiera ido con Juan… 

Y su madre le contestó: Tanto cambiar de idea, Carlitos… ¡Cuanto más escarba la gallina, más tierra echa encima!.

DONDE MENOS SE PIENSA, SALTA LA LIEBRE

Una tarde fue Cristina con su abuela a casa de una amiga.

Abuela, dijo Cristina, yo no quiero estar con personas mayores.

¿Y eso?, preguntó la abuela sorprendida. A ti te gusta estar conmigo, ¿no?

-Si no eres una persona mayor; tú eres mi querida abuelita.

Pues mira, dijo la abuela: Ana, mi amiga, vive sola y ya es muy mayor. Voy a despedirme de ella porque se va de la ciudad. -¿Por qué, abuela?. Porque ya no puede vivir sola. ¡Qué pena!, dijo la niña.

No, Cristina, no tengas pena: ella está muy feliz; ¿sabes dónde va? -No. -¿Recuerdas ese pueblo de la montaña con aquel río tan bonito adonde fuimos el año pasado? -Sí­, abuela, precioso. -Pues allá­ un grupo de amigos y amigas mayores han hecho una casa donde vivirán todos ellos, con jardines, gimnasio, sala de música… -Es muy buena noticia, abuela. -Por eso voy a visitarla, y le ayudar a recoger sus cosas.

En casa de Ana, vio Cristina un montón de cosas que le encantaron. Ana le dijo a Cristina : elige de lo que veas lo que más te guste; no me cabrán todas mis cosas en el apartamento.

Cristina eligió una colección de cuentos, una muñeca antigua y un scalextric precioso.

Por la noche en casa, Cristina dijo a su abuela: Ha sido la tarde más feliz de mi vida.

-¿Ves. Cristina?: es que donde menos se piensa, salta la liebre.

EL OJO DEL AMO ENGORDA EL CABALLO

A Marina y a su amiga Clara les gustaban mucho los animales. Las dos eran cuidadosas con la naturaleza y procuraban mantener limpia su casa, la clase y el patio no dejando desperdicios ni tirando papeles por el suelo. Clara habí­a ayudado a su padre a plantar árboles en el jardí­n para tener sombra y para que los pajaricos del jardín tuvieran casa.

Un día dijo a su amiga Marina: A mí­ me harí­a ilusión tener gallinas. A mí también, contestó su amiga: se lo podrí­amos decir a nuestros padres.

Los padres de ambas accedieron a condición de que fueran ellas las que las cuidaran e hicieron un bonito gallinero en sus respectivos jardines. Marina lo pintó de verde y Clara de rojo; cada una ayudó en ello a su amiga.

Cuando las gallinitas crecieron y empezaron a poner huevos, ellas llevaron huevos al colegio; las mamás de las amigas los cocinaron en sus casas y todas dijeron que estaban buení­simos.

Marina se levantaba temprano y tení­a mucha ilusión con sus gallinas. A Clara a veces se le olvidaba reponerles el agua y el pienso. Las suyas iban poniendo menos huevos y estaban delgadas. Decí­a: yo no tengo tiempo para cuidarlas tanto como tú. Además, tus gallinas siempre han estado más hermosas que las mías.

Es que a mí­ me gusta mucho cuidarlas, replicó Marina, porque como dice mi mamá- el ojo del amo engorda el caballo.

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