Refrán: OVEJA QUE BALA PIERDE BOCADO

Laura era una niña muy simpática. Siempre contaba divertidas historias que sacaba de sus lecturas. Con ella la diversión estaba asegurada y por eso siempre la invitaban a los cumpleaños y fiestas.

Esta semana tengo el cumpleaños de mi amiga Cocó, dijo a su madre un dí­a. -¿Has preparado algo? ya sabes que seguramente te harán contar alguna historia. -Claro que sí, y eso me divierte mucho. -Eso está muy bien, Laura: es bueno contar con amigos y amigas.

El dí­a del cumple Laura se puso su vestido favorito y llevó a su amiga el regalo que le habí­a comprado.

La fiesta estuvo estupenda: habí­a guirnaldas y globos en las paredes y unos bocatas, dulces y chuches increí­bles. ¡Madre mí­a!, pensó al ver cuántos dulces había : ¡con lo que me gustan!.

Sus amigas y amigos, al verla llegar, salieron a su encuentro. ¿Cuántas historias vas a contarnos? le dijo la niña del cumple.

Pronto formaron un corro alrededor de Laura. Todos la escuchaban atentamente, cada cual con su plato de bocatas, dulces… Ella hablaba mientras los demás, escuchándola comí­an y comí­an. Laura, de reojo, veí­a como los bocatas iban disminuyendo.

Perdonad, voy al aseo -dijo al rato. Se levantó y fue a la cocina. Y tomando un plato lleno de bocatas y dulces se dirigió a la biblioteca. Allí sentada se comió tranquilamente los bocatas y dulces que le pareció oportuno, mientras para sí­ decí­a: pero qué requetebuenos están; me encantan.

De pronto la puerta se abrió y apareció en la biblioteca el papá de su amiga: -¿Qué haces aquí tan sola?  -descanso y meriendo, D. Luis. -Te he visto contar historias toda la tarde. -Es que me encanta. -ya, pero tú hablabas y entretanto los demás comí­an. -Claro, y por eso me he venido a la biblioteca, porque si hablas no puedes comer.

Ja, ja –dijo el papá de Cocó: ¡oveja que bala pierde bocado!

Refrán: ANDE YO CALIENTE Y RÍASE LA GENTE

Alberto viví­a en un pueblo junto al mar. La temperatura era buena y en invierno no hacía frí­o como para llevar abrigo. Él habí­a tenido un precioso abrigo de lana de tacto suave y sedoso. Lo guardaba en el armario, ya que ahora le estaba pequeño.

Un dí­a la familia de su amigo Mateo se mudó a una ciudad muy fría. Alberto le dijo: Mateo, si quieres te regalo mi abrigo de lana, así­ te acordarás de mí­ cuando te lo pongas.

Gracias, Alberto, muchas gracias, dijo Mateo.

Pasó el tiempo y un dí­a Alberto recibió carta de Mateo invitándole a visitar su ciudad y pasar unos días juntos. Alberto, emocionado fue corriendo a decírselo a su madre. ¿Puedo ir, mamá?

Tendrás que preguntar a papá; yo sola no puedo decidir. Alberto esperó impaciente a que papá volviera del trabajo. ¿Puedo ir a visitar a mi amigo Mateo?, dijo apenas vio al papá entrar. –¿Ahora? -el próximo fin de semana, dijo Alberto.

Verás, hijo: ahora nos viene muy mal; se nos rompió el coche y ha costado mucho dinero arreglarlo.- ¡Qué pena, me hace tanta ilusión!

Bueno, terció la mamá. Tengo algo ahorrado y era para tu cumpleaños, pero si te hace tanta ilusión ir a ver a tu amigo, lo puedo sacar.

Sí, mamá, porfa. Sería un regalo de cumple muy guay.

-Pero tendremos que comprarte un abrigo, porque allí hace mucho frío.

Al dí­a siguiente, Alberto y su mamá fueron a comprarle uno. Visitaron varias tiendas y ya no quedaban de su talla. Al fin, en una tienda vieron uno que les gustó mucho. Al probárselo el niño, dijo su mamá: Alberto, te está grande, no podemos llevárnoslo. -Pero mamá, dijo el niño; sin abrigo no puedo ir, y yo quisiera ir. –Pero te está grande, no puedes llevar eso. –Bueno, yo me lo llevaré, lo uso ahora y así­ me servirá para más tiempo, ¿vale?. -O.K, dijo la mamá. Ande yo caliente y ríase la gente, como dice el refrán. Ella le dio un abrazo y dijo ¡chico listo!

Refrán GATO ESCALDADO DEL AGUA FRÍA HUYE

Manolito viví­a con su mamá en una pequeña ciudad. Su tí­a Rosa viví­a en un pueblo cercano. A Manolito le gustaba visitar a su tía y hablar con sus primos y primas. Eran cinco: Ana, de dieciséis años, Carlos, de doce, los gemelos, de cinco y la pequeñina de dos años. Él lo pasaba muy bien con sus primos. En el pueblo había muchos lugares donde divertirse. Podí­an ir solos porque todos se conocían y no había peligro para nadie. Los gemelos lo querí­an mucho pero se divertían gastando bromas a su primo haciéndose pasar cada uno por el otro. La chiquitina siempre iba detrás y decía ‘pimo apo’ (en su lenguaje: primo guapo). La última vez que estuvo en el pueblo, los primos mayores aprovecharon para desentenderse de los pequeños y que los cuidase él. Manolito, le habí­a dicho su prima Ana: Como los primos te quieren tanto y están tan a gusto contigo, aprovecho y me voy con tus amigas. Pero, pero… -dijo Manolito. No lo oyó la prima porque ya había habí­a salido y cerrado la puerta. ¿Qué hacemos ahora?, dijeron los gemelos ‘ugar’ –dijo la pequeña con su media lengua, y eso hicieron. Al día siguiente, la tía fue a la ciudad y dijo a los mayores: Cuidad de los pequeños. Nada más salir la mamá, dijo Carlos, el primo mayor: Me voy, que he quedado con mis amigos. No me esperéis para comer; voy a casa de Gonzalo.- Pero primo… Nadie le escuchó. Desde la puerta gritó Carlitos: La comida está en el frigo; caliéntala en el microondas. Bueno, pensó Manolito. La prima Ana, que está en su habitación les dará la comida. Llamaron a la puerta. Eran las amigas de Ana. ¿Está Ana?, preguntó una. No sé, respondió Manolito. Esta mañana no la he visto. De lo alto de la escalera dijo Ana: Subid que os espero; y añadió para Manolito: No nos molestéis, estamos en nuestras cosas. La chiquitina, tirándole a Manolito del pantalón le dijo ‘pimo, te quero, ugamos?. Claro que sí­, dijo Manolito. Pasados unos meses, la tí­a Ana visitó la casa de Manolito. Oye, le dijo: esta semana hay un puente largo; ¿Te vienes a pasarlo al pueblo? Te divertirás mucho; los primos te echan de menos. No puedo, dijo Manolito: tengo mucho que estudiar. Cuando se fue la tía Rosa, su mamá le preguntó:  ¿Por qué no te has querido ir? Manolito entonces le contó cómo le habí­a ido la vez anterior y la mamá añadió: Claro: gato escaldado del agua frí­a huye.

Nota: escaldado, del verbo escaldar, que significa echar sobre algo o alguien agua hirviendo.

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