DONDE FUERES HAZ LO QUE VIERES

En este refrán aprendemos que cuando vayamos a un lugar deberíamos fijarnos en lo que hacen los que viven allí.

Cristina era una niña inteligente y estudiosa pero algo cabezota: solo hacía lo que ella veía conveniente. Unas vacaciones fue al pueblo de su tía Rosa, un bonito pueblo en el campo.

Una tarde que salieron a pasear, le dijeron sus amigos: ponte pantalón largo. Hay arbustos que te pueden arañar las piernas y en algunos sitios insectos y bichitos. Pero Cristina tenía pensado ponerse un pantaloncito corto, y así lo hizo por mucho que le aconsejaron. Voy así porque me gusta, insistía. Bueno, tú verás –le dijeron. Los demás llevaban todos pantalón largo. Siempre se había hecho así. Estuvieron recogiendo moras y arándanos, y de vuelta a casa le dijo tía Rosa:

Pero chiquilla, ¿qué te ha pasado en las piernas? –Nada, dijo ella, mientras se rascaba  las piernas llenas de picotazos de mosquitos.

A nadie del pueblo le pasa eso, sobrina. Ya sabes, Cristina: A donde fueres…

Manolito y Nieves, dijeron a una: … haz lo que vieres

(**las formas fueres, vieres y otras como hicieres, tuvieres… son futuro de subjuntivo, que hoy casi no se usa)

MÁS VALE TARDE QUE NUNCA

Este refrán nos enseña que siempre estamos a tiempo para poder hacer o aprender lo que sea útil o nos interese.

María siempre había tenido miedo al agua. Sus hermanos habían aprendido todos a nadar. A María, en cambio, cada vez que sus papás la apuntaban a la piscina para aprender a nadar, le dolía la tripa y le daba fiebre.  Sus papás finalmente decidieron que ya aprendería cuando fuera mayor.

Sus hermanos se bañaban en la playa y en la piscina y ella seguía sin saber nadar… no le preocupaba. Un día vino a la playa un chico nuevo y María se encontró con él en la piscina. Como no conocía a nadie, se hicieron amigos y él le preguntó: ¿nos bañamos?. No sé nadar, dijo ella; me da miedo el agua. -¿De verdad?, dijo el chico. –Sí, no sé nadar porque no resisto que el agua me entre por la nariz. El chico dijo riendo: ¿quieres que yo te enseñe?. Vale, pero tendrás que tener mucha paciencia conmigo. Claro, soy campeón de natación y enseño a nadar a la gente. Qué guay haberte conocido, dijo ella.

Claro, dijo el chico porque –como dice el refrán- más vale tarde que nunca.

A CABALLO REGALADO NO LE MIRES EL DIENTE

Con este refrán aprendemos que cuando alguien te regala algo, lo hace generosamente y que por ello no debemos ponerle defectos o despreciarlo.

Tomás era un niño cuya gran ilusión era tener un caballito. Un día le preguntó a su papá: ¿en el pueblo de la abuela hay caballitos pequeños? .- Recuerdo que el tío Benigno, el hermano de la abuela tiene un pony, pero creo que ya es un poco mayor, dijo el papá -¡Qué bien! ¿Cuándo iremos al pueblo? -Cuando quieras, Tomás. -¿Podemos ir este fin de semana?. – Claro, háblalo con mamá y nos vamos.

En el pueblo, Tomás conoció al pony: era de color marrón y tenía fama de ser muy cariñoso con los niños. Se llamaba Panchito. Tomás lo montó y paseó en él por el pueblo. Estaba muy contento con su caballito Panchito. Cada vez que podía, venía al pueblo a montarlo. Por su cumpleaños, el tío Benigno se lo regaló. Tomás estaba loco de alegría: por fin tenía su propio caballito.

Pero un día Panchito decidió que Tomás pesaba demasiado y ya no permitió que ni él ni ningún otro niño lo montara. Si Tomás se montaba, el caballito se quedaba quieto, sin moverse.

¡Qué rabia, pensaba Tomás: ahora que tengo mi propio caballito, no quiere que lo monte!

Pero bueno, como dice la abuela… A caballo regalado, no le mires el diente.

A QUIEN MADRUGA DIOS LE AYUDA

Este refrán nos dice que a quien no es perezoso y hace las cosas a su tiempo, le saldrán bien.

A Jorge le costaba mucho levantarse por la mañana. Su mamá tenía que llamarlo varias veces para que se levantara de la cama. Napoleón, su perro, era el único que conseguía al fin levantarlo. Entraba sigiloso a la habitación, saltaba a la cama y con los dientes pillaba las sábanas y manta, arrastrándolas hasta el suelo. Volvía a subirse y pasaba su rabo a Jorge por la cara. Jorge echaba a reír y gritar: ¡quieto, quieto, Napoleón, que me haces cosquillas en la nariz. Como ya era un poco tarde, todo lo hacía corriendo: lavarse, vestirse, desayunar… y corría a toda prisa hasta el colegio. Llegaba el último, justo antes de que cerrasen la puerta.

Su mamá le decía: un día llegarás tarde a clase por quedarte unos minutos más en la cama.

El niño sonreía y decía: ¡es que se está tan calentito! y abrazaba a su madre.

Algún día llegarás tarde y lo sentirás, insistía la mamá.

En marzo, el colegio hizo una excursión al zoo. A Jorge le encantaban los animales; quería ser veterinario. Mami, el jueves iré al zoo con el cole, le dijo un día.

La mañana de la excursión hizo como siempre: se levantó con poco tiempo y corrió a toda prisa hacia la escuela: cuando llegó, ya se había marchado el autobús. Entonces comprendió lo que su madre le decía.

A partir de ese momento nunca más llegó tarde, pues decía: ¡A quien madruga, Dios le ayuda!

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