Había una vez una peonza que no quería jugar con los niños y las niñas. Era muy bonita y al sol parecía de charol.

Las otras trompas le decían: juega con las niñas y niños; es muy divertido. A nosotras nos han hecho para jugar.

Pero ella no quería mancharse ni rodar por el suelo. Pensaba que ella era demasiado valiosa como para llenarse de polvo.

Su dueño se cansó de ella y la arrinconó en el patio de su casa. Tengo una trompa, decía, que no sirve para nada.

 

                          Allí pasó todo el invierno, se mojó y los pájaros se  subieron a su lindo cuerpo.

Se acordó de sus amigas las trompas y pensó: ellas sí que estarán calentitas en las habitaciones de las casas de las niñas y niños, y yo aquí… muerta de frío, pensaba.

                          Cuando llegó el verano, estaba vieja: sus colores brillantes habían desparecido.

El niño la vio en el patio y dijo: no sirve para nada; está sucia y fea. Y la tiró la basura. Además, no sabe jugar, añadió..

                           La peonza lloraba amargamente y se decía: si hubiera querido jugar con los niños, al menos me habría divertido con ellos y sabría qué es jugar.

                           El niño tiró la peonza a una papelera y se marchó.

Otro niño abrió la papelera para tirar unos papeles y vio la peonza. Que me coja, que me coja, por favor, decía la peonza para sí.

                           Al niño le gustó y se la llevó a su casa.  La lavó, la pintó y la peonza volvió a resplandecer.

Ahora, pensaba la peonza, sí jugaré y me portaré muy bien con mi dueño. He aprendido muy bien la lección.

                           Desde entonces, estuvo dispuesta a jugar con las niñas y niños. Siempre estaba alegre, pues se divertía mucho jugando y ganando a las demás peonzas. Y cuando perdía, también  estaba contenta por tener tantos amigos y amigas peonzas.

FIN

© M T Carretero 

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