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El Niño y la Rosa

El Niño y la Rosa

Pedrito jugaba en el jardín mientras regaba una rosa. Había árboles y flores de muchos colores. Su mamá cuidaba con esmero los rosales. Los tenía de rosas blancas, rosadas, azules, amarillas…

Su rosal favorito era uno de rosas rojas con un perfume único. Lo habían traído del Valle de las Rosas, en Bulgaria.
Cada día una mariposa muy bonita venía a libar en su mejor rosa. La olía, libaba, revoloteaba por el jardín y desaparecía. Cuando la mariposa venía, el niño dejaba de jugar y acudía a observarla.
Un día le dijo a Pedro su mamá: Tráeme la cesta de mimbre y las tijeras, que vamos a coger flores. La mamá cortó flores y vio Pedrito asombrado cómo cortó también ¡la rosa roja! No podía creer lo que estaba haciendo su madre: ¡Había cortado la mejor del jardín! ¿Qué pasará ahora con la mariposa? Pensó: ¡Yo quiero volver a verla!
Cuando se acostó, pensó y pensó… A media noche despertó. Una idea se le acababa de ocurrir. ¡Ya lo tengo! Dibujaré una rosa lo mejor que yo sepa. La pintaré con el color rojo más bonito que encuentre y le pondré perfume de mamá para que huela estupendo.
La pegaré a la rama del rosal con pegamento y la mariposa podrá venir otra vez.
Al día siguiente comenzó Pedrito su tarea. Estudió cómo los pétalos conformaban cada rosa del jardín. Después dibujó muchas hasta que consiguió una que parecía de verdad. Mezcló una y otra vez sus colores hasta conseguir un rojo igual al de la original. Con mimo recortó los pétalos para luego recomponerlos: cogió el pegamento y con gran esmero los pegó como él había pensado, formando una rosa perfecta.

 

 

Ahora solo faltaba un toque final: darle su aroma. Entró en el dormitorio de su madre y en un frasco mezcló unos perfumes. Olió la mezcla y quedó encantado: había conseguido el mismo aroma de la original. Bieen! Gritó. ¡bien! ¡bien! Lo conseguí.

Pero me falta aún algo muy importante, pensó Pedrito: ¿Cómo va a comer la mariposa?. Vendrá un día, pero al siguiente volará a otro lugar. Tengo que pensar algo, se dijo. Se fue a su habitación y desde su ventana vio cómo abejorros, avispas y mariposas pequeñas se acercaban a olerla. Bueno, se dijo; al menos funciona un poco. Entonces se le ocurrió una idea. En un cuenco mezcló un poquito de miel con granitos de polen.


Salió al jardín y con cuidado colocó la mezcla dentro de la rosa. Su trabajo estaba concluido… pero no sabía si funcionaría y cruzó los dedos. Esperó esa tarde y todo el día siguiente. La mariposa no vino. ¡Qué pena!, pensó. Tanto trabajo para nada… Bueno, al menos he aprendido a hacer cosas que antes no sabía.

Al día siguiente, desde la ventana vio a la mariposa, que revoloteaba sobre la rosa. ¡Se paraba en ella!. La olió y comió en ella como siempre.

¡Había funcionado la idea!

Terminó Pedrito su desayuno y salió al jardín a observar su rosa. Al acercarse a ella se quedó asombrado. No es posible, dijo. Él había hecho la rosa, la había pegado, le había puesto perfume… ¿Qué había ahí? Esa no era su rosa, se la habían cambiado. Se acercó y la tocó. Los pétalos eran suaves como la seda, el rojo brillaba como un rubí y su perfume se expandía suave por el jardín. ¡Su esmerada rosa se había transformado en una de verdad!


Esta ya no la cortaremos, pensó. No te preocupes, Pedro, dijo la mamá adivinando sus pensamientos: nunca más cortaremos la rosa roja.


Niños y mayores vinieron a su jardín para admirar la rosa. En un rincón del jardín, un geniecillo, acostado sobre las flores de un galán de noche, reía y reía. 

FIN

© M T Carretero

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