Nieves vivía en la ciudad con su familia.

Una noche, después de la cena, le dijeron sus papás: queremos contarte algo. ¿Qué es? preguntó la niña. Mira, dijo su papá: me he quedado sin trabajo . Tendremos que irnos a vivir en casa de los abuelitos.

Tendrás que dejar el cole y a tus amigos, pero seguro que encontrarás otros nuevos, aclaró la mamá.

-¿Y no volveremos aquí nunca más?

-Así es.

La niña guardó silencio. Luego dijo: no me importa, si estoy con vosotros. Y les dio un abrazo.

Nieves fue recogiendo sus cosas. Guardó en cajas su colección de piedras de río, el hospital de muñecas, la colección de cromos antiguos, los juguetes y los pinceles.

Un sábado por la mañana partieron para el pueblo de los abuelos

Como en el pueblo vivían tíos, primos y primas, pronto tuvo amigas y amigos.

El cole le gustaba mucho. La seño daba las clases de Naturaleza al aire libre junto al río. Todo era nuevo para ella y, por eso, muy divertido.

Un día fueron muy temprano a ver a Pedro  hacer el pan en su panadería. Otro día fueron a casa de Antonia a ver cómo hacía el queso.

Otro día ayudaron a Nicolás a recoger verduras de su huerto. No echaba de menos la ciudad: parecía que siempre había vivido en el pueblo.

Papá y mamá hablaban una tarde en voz muy bajita.  Nieves pensó: aquí pasa algo.

Más tarde mamá le explicó: Papá va a ir a la ciudad a examinarse. Si aprueba, le darán un trabajo.

Nieves estaba contenta y pensaba: Estaría muy bien que papá tuviera un trabajo. Ahora está un poco triste… eso lo animaría.

Semanas después su papá recibió una carta: ¡había aprobado el examen! ¡Lo habían nombrado farero en un pueblo de la costa! Todos se pusieron muy contentos.

¿Ahora qué haremos?, preguntó a su mamá.

-Nos quedaremos con los abuelos y papá vendrá una vez al mes a visitarnos.

-¡Qué bien: no tendremos que cambiarnos de pueblo ni de escuela!.

Nieves y su mamá echaban mucho de menos al papá… A los tres meses decidieron que querían estar los tres en el faro.

La niña recogió sus cosas. Tras un día de viaje, llegaron al pueblo del faro. El lugar era precioso, pero estaban solos en un islote.

¿Cómo iré al cole ahora?, preguntó Nieves. –Verás, Nieves: es que no irás; no hará falta, dijo el papá.

¿Y cómo es eso?, dijo la niña.

Su papá contestó: ¿Ves ese ordenador?: es tu clase, nena. Todos los días estarás en contacto con la profesora por el ordenador. Es como si estuvieras en clase, pero en tu faro.

Lo que Nieves echaba de menos eran sus amigas y amigos y pasear por el pueblo.

Una tarde, abrió el ordenador y tenía un mensaje: Hola, Nieves: quieres ser mi amiga? Soy Santiago. Nieves no contestó.

Días después vio otra vez el mismo mensaje y tampoco contestó.

Pero una vez que estaba muy aburrida, contestó: Soy Nieves, la niña del faro. Hola, Santiago.

Así empezaron a mandarse mensajes a diario. Santiago le contaba cosas increíbles del mar: Barcos que habían embarrancado cerca de su faro, historias de piratas que intentaron tomar el faro en  que ahora vivía Santiago…

Desde su faro, Santiago había avistado delfines, ballenas y algún tiburón. Le mandó fotos impresionantes de nubes, tempestades y olas gigantes.

Aquello le cambió a Nieves su vida en el faro: todo lo del mar empezó a interesarle. Lo veía como algo mágico.

Un día, abrió Nieves el ordenador y encontró un  mensaje cifrado. Creyó que era de Santiago. Pero él le dijo que no sabía hacer mensajes cifrados.

El papá de Nieves vio muy raro el mensaje y miró en los libros más antiguos del faro. Días después le dijo: he conseguido descifrarlo. Escucha lo que dice.

‘Me encanta que os guste el mar a ti y a tu amigo Santiago. En unos días, recibiréis la visita de una de mis hijas: la sirena Desirée’. Ella os llevará un mensaje de mi parte. Firmado: el Rey del Mar.

Nieves quedó tan impresionada que no durmió en toda la noche.

Los dos niños esperaban impacientes la misteriosa visita.

La sirena visitó primero a Nieves. Le trajo una concha de madreperla. Contenía una perla rarísima de maravilloso colorido. Y a Santiago le regaló una preciosa caracola. Un mensaje dentro de ellas decía: os protegeré y os haré felices si conserváis mi amistad.

Desirée se hizo muy amiga de los dos niños: los visitaba y les contaba historias preciosas de su padre el Rey del Mar, de sus hermanas sirenas y de sus amigas.

Una tarde se reunieron por fin los tres. Se hicieron tan inseparables que todos los veranos se reunían. Y lo hicieron hasta que fueron muy, muy mayores.

FIN

© Mª Teresa Carretero García

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