Esta historia sucedió en el hermoso parque de una ciudad, El Parque de los Árboles Centenarios. Tenía ese nombre porque muchos de sus árboles habían sido plantados hacía más de cien años.
En él vivían muchos pájaros, ardillas, búhos, zorros, conejos y otros animalitos. Había en él una araña muy, muy feliz. La conocían todos los animales y plantas porque le encantaba ser útil y ayudar a los demás. La llamaban La Araña Maraña. Había curado a animalillos poniéndoles su telaraña en las heridas. Mi telaraña es mágica, decía. Y claro que lo era: las telarañas ayudan a curar las heridas y a que no se infecten.
Por la mañana se colocaba la araña en el gran árbol de la entrada del parque y observaba atentamente a las gentes que entraban y salían.
El conejo Lorenzo se le acercó un día y le dijo: ¿Qué haces, araña Maraña? –Estoy mirando a la gente; hoy llevan ropas más bonitas y coloridas que ayer.
-Y eso, para qué te sirve?
– Me sirve para saber lo que se lleva.
-¿Quée? ¡Pero si tú nunca te pondrías esa ropa!
-Claro, pero yo puedo diseñarla y coserla.
-¡Madre mía…otra vez con lo mismo! ¡Cómo una araña va a ser diseñadora de ropa de personas!
-¿Qué no? ¡Pues yo lo seré!
-Bueno, araña: Que tengas buen día, dijo el conejo, y se marchó.
Unos días antes, la araña había visto a un niño con unos zapatos preciosos.
Yo me haré unos que hagan que todos mis amigas y amigos me miren, pensó.
Se puso manos a la obra, tejió un buen trozo de telaraña y se midió las patas para ver cómo serían sus zapatitos.
La tela es transparente, pero ya conseguiré que tenga colorines, dijo. Habló con un pájaro muy experto en hacer nidos. El pájaro le explicó cómo entretejer en sus zapatos hojitas de colores y florecillas.
Nunca había hecho zapatos. El conejito Lorenzo le explicó cómo hacer las suelas y las orugas le ayudaron a pegarlas bien.
Tuvo que hacer cuatro pares de zapatos. Cuando terminó estaba muy orgullosa. La felicitaron porque sus zapatos eran realmente hermosos.
Ahora que sé hacer zapatos, me pondré a hacer ropa, dijo.
Llegó el otoño y las hojas de los árboles comenzaron a caer. Los animalillos se iban retirando a sus casitas para resguardarse del frío.
Un día estaban reunidos y dijo la araña Maraña: Os veo menos ahora ¿Qué os pasa?
-Es que hace más frío, dijo un erizo: pronto nos meteremos en nuestras casas para estar calentitos.
-Pues yo os puedo ayudar, dijo la araña.
-¿Y cómo?, preguntó una ardilla.
-Pues haciéndoos calcetines, zapatos, gorros y bufandas que os quiten el frío.
-¡Qué dices! Los animales no nos abrigamos!, dijo un pajarillo.
-¡Cómo que no! ¿Y todos esos perros que yo veo entrar en el parque con sus gorros, abriguitos y hasta calcetines? Bueno, dijo un árbol viejo: esos son casi humanos. Nosotros somos diferentes.
Si queréis pasar frío, allá vosotros. En mi casa tengo ropa que he ido haciendo poco a poco. Quien la necesite puede venir y recogerla.
La araña se quedó sola, pero poco después…
Chsst, chsst
-¿Quién me llama?, dijo Maraña.
-No hables fuerte. Soy Arquímedes, el árbol centenario.
-¿Por qué hablas tan bajito?
-Es que no quiero que me oigan los demás. Oye: ¿tendrías una bufanda para mí? Creo que me estoy resfriando y me duele la garganta.
-Enseguida te voy a hacer una bien bonita… y con colorines.
-Nada de colorines, arañita; quiero que sea transparente para que no la vean, pero que abrigue bien.
-De acuerdo, Arqui .-Adiós, araña Maraña.
Poco a poco los animalillos fueron pidiéndole a Maraña prendas para el frío. Ella estaba muy contenta de que sus amigos llevaran sus diseños.
Un día vio en un banco a una niña y un niño, tristes y callados.

¿Qué les pasará?, pensó; y se acercó a escuchar. -No insistas; no podemos presentarnos al concurso de la moda, decía el niño. -Pero ¿por qué?, insistía la niña. -No tenemos dinero para las telas y además falta poco tiempo; otra vez será. La araña se quedó pensativa: ¿Cómo podré ayudar a esos niños?, se decía.

Maraña se lo contó a su amigo el Jilguero, y este le dijo que la Urraca tenía chales y bufandas que la gente olvidaba en el parque. Han visto cerca de aquí una tienda de ropa que de vez en cuando deja en su puerta una caja con telas que no usa, añadió.

Entre todos recogieron las telas de la tienda y lo que tenía la urraca en su casa. Las guardaron y cuando los niños volvieron al parque las colocaron en el banco en que ellos se sentaban con un papel que decía: ‘para vosotros’. La araña Maraña había añadido al paquete varios metros de tela de araña hechos con hilos de colores y piedrecitas, entretejida con trozos de plumas y hojas. Los niños quedaron encantados: Ya podían participar en el concurso de diseños de ropa. En el paquete había una nota de la araña: Soy la araña Maraña; espero os sirvan las telas para cumplir vuestro deseo. El mío es ser diseñadora de moda. Ahí tenéis algunos diseños.

Pasado un tiempo los niños volvieron al parque. Maraña, dijo el conejito: Han venido los niños y te están llamando. -Hola, ¿qué queréis de mí? -Darte las gracias por tu ayuda. Con tu tela de araña y tu diseño ganamos un premio. Hacemos ropa y nos llamamos ‘Araña Maraña’ en tu honor. ¿Podrías tejernos tela tan especial como la que nos regalaste? -Claro que sí, dijo muy contenta Maraña.

Y así fue como la araña formó parte del equipo de diseño de los niños. Y todos sus amigos y amigas del parque estaban muy orgullosos de Maraña, la buena araña. FIN

© Mª Teresa Carretero García

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