Había una vez tres cerditos que eran hermanos: Pinki, Tito y Yolito. Vivían en un hermoso lugar, pero se aburrían. ¿Qué hacemos? Dijo Tito; yo estoy cansado de correr y jugar y ver siempre lo mismo.
Eso digo yo, tendremos que hacer algo, dijo Yolito. Y se sentaron los tres a pensar.
Al rato, un pajarillo amigo los vio muy callados y les preguntó: ¿Qué os pasa hoy? Estáis enfermos?
-¡No, qué va! Respondió Pinki; es que nos aburre este lugar y no sabemos qué hacer.
-Yo me paso el día viajando y os puedo ayudar. -¿Y qué lugares conoces?, preguntó Tito. –Ufff muchísimos y preciosos.
¿Y cuál te gusta más,?, preguntó Yolito. –Me gustan todos; son todos preciosos y diferentes, dijo el pajarillo.
-¡Pues viajaremos!, dijeron los tres hermanitos a coro.
-Si queréis os puedo acompañar para comenzar… -SÍiii , dijeron los tres aplaudiendo; así no nos perderemos.
Al día siguiente el pajarillo y los tres cerditos emprendieron el viaje. Conocieron muchos lugares: fueron al mar, a la montaña, y al desierto…
Tras mucho viajar decidieron que ya habían conocido suficiente mundo. Encontraron un precioso lugar. Pinki, el mayor, dijo: ¿Os parece que construyamos aquí nuestras casitas y nos quedemos a vivir?
¡Buena idea!, dijeron Tito y Yolito. Un conejito los oyó hablar, salió de su madriguera y les advirtió: ¡tened mucho cuidado, que aquí vive un lobo muy malvado al que le encanta comer cerditos!
Los tres hermanos dijeron: ¡Nosotros no tenemos miedo al lobo: somos fuertes y entre los tres lo espantaremos.
Además, dijo Tito, construiremos nuestras casitas y no nos podrá comer. Y comenzaron a reír y a cantar.
Pronto se pusieron a construir las casitas. Yolito, el pequeño, encontró cerca de allí un gran montón de paja y como era el menos fuerte hizo con ella una hermosa casita de paja.
Cuando terminó la enseñó a sus hermanos, que la elogiaron por ser tan bonita, y se marchó a jugar.
Tito, el segundo, construyó su casita con troncos de madera que encontró en el bosque. Tardó más que Yolito, porque trabajar con madera era más pesado y difícil.
Cuando terminó, enseñó la casa a sus hermanos, que alabaron su buen trabajo y enseguida se fue a jugar con su hermano Yolito.
Pinki, el mayor, decidió construirse una casa de piedra. Era el más fuerte pero tardó más días que los demás en construirla porque el trabajo era lento ya que las piedras pesaban bastante. Cuando terminó, llamó a sus hermanos para enseñarles la casa.
¡Es preciosa!, dijeron Tito y Yolito: Eres un gran constructor… y lo felicitaron. Muy contentos, los tres se pusieron a jugar y a cantar.
Un día estaban jugando y apareció el lobo. Los tres se asustaron muchísimo al oír la horrible voz del lobo, que decía: ¡Qué ricos estáis; pronto os comeré! Y se relamía de gusto.

Corrieron a refugiarse a la casa más cercana, que era la de paja. Aquí no nos hará daño, dijeron los tres hermanos abrazándose. Pero el lobo, respiró muy fuerte, hinchó los pulmones y sopló, sopló y sopló y la casita derribó.
Los tres hermanos, asustados, corrieron a la casita de madera. ¡Aquí estaremos a salvo!, dijo el hermano mayor. Pero el lobo muy fuerte sopló, sopló y sopló y la casita derribó.
Yolito lloraba y decía: esta vez sí nos comerá el malvado lobo. ¡Rápido, rápido –dijo Pinki: ¡Corramos a mi casita!, y entrando, cerraron la puerta.
El lobo gritaba: ¡Esta casita derrumbaré y pronto os comeré!
No podrás lobo feroz, no podrás jamás la casa derribar –gritó Pinki.
Para quitarse el miedo, cantaban: ¿Quién teme al lobo feroz, lobo feroz, lobo feroz?
Pinki dijo para tranquilizar a sus hermanos: Como es hora de comer, vamos a preparar una buena sopa de calabaza. Comenzaron los tres a echar las verduras en la caldera, mientras fuera el lobo soplaba y soplaba hasta quedarse sin fuerzas.
El lobo no pudo derribar la casa pues era un trabajo bien hecho. Se subió al tejado y entró por la chimenea, cayéndose en la caldera, que hervía al fuego.
¡Ay, ay, ay, se quejaba. Los cerditos aplaudían contentos mientras abrían la puerta, y el lobo, todo chamuscado, salió a toda prisa para refrescarse en el río.
Los tres cerditos salieron de nuevo a jugar cantando: ¿Quién teme al lobo feroz, lobo feroz, lobo feroz…? Y nunca más apareció el lobo por aquel lugar. Los tres cerditos vivieron felices desde entonces.
FIN
Adaptado por Mª Teresa Carretero.

Facebook Messenger
Share This