LOS DOS VIEJECITOS

En una casita en el bosque viví­an una viejecita y un viejecito que eran muy pobres. Tenían un pequeño huerto junto a la casa. Era un año muy, muy frío y lo que tenían plantado se heló; solo les quedaba una pequeña calabaza en el huerto.

Todos los dí­as miraba el viejecito la pequeña calabaza y decí­a: pronto se hará grande y nos la podremos comer; pero su estómago se quejaba haciendo ruidos. Él, tocándose la pancita decía: no te impacientes, que pronto comeremos.

Una noche hubo una fuerte tormenta y fue tanta el agua que cayó, que la calabaza se murió. Al dí­a siguiente los viejecitos. al ver la calabaza destrozada se dijeron: ¿Qué haremos ahora?; nuestras ilusiones se han perdido. Y se sentaron junto a la chimenea, muy tristes.

Al mediodí­a el viejecito dijo a su mujer: pon algo para la comida.

No tengo nada, dijo ella. Pero ¿nada?, dijo él, ¿nada de nada de nada? –preguntó él.

Bueno, mujer, no te preocupes. ¿Te acuerdas de cuando comíamos bollos tiernos de pan, tortas con carne, pichón con manzanas y muchos dulces?

La mujer respondió: Ha pasado tanto tiempo que ya casi no me acuerdo.

Pues piensa en ello y mastica como si estuvieras comiendo, verás cómo se pasa el hambre; después, para hacer bien la digestión beberemos agua, no vaya a ser que nos siente mal.

Así­ imaginaban que comí­an. Pudieron aguantar casi una semana, pero después ya ni tení­an fuerzas para hablar.

Un día a la hora de comer vieron en el huerto un conejito que estaba escarbando. Mira, dijo el viejecito, tenemos comida, pero no tengo fuerzas para levantarme y cazarlo.

El conejito, con sus largas orejas los escuchó hablar, se acercó a la puerta y oyó cuánta hambre pasaban.

Volvió el conejito al bosque y reunió a sus amigos para contarles lo que oyó. Escuchadme bien: en una casa he encontrado a dos viejecitos que hace una semana que no comen. Están muy débiles; deberíamos ayudarles.

Y ¿cómo? –preguntaron.  -Pues llevándoles comida. Una liebre dijo : en la granja de Matí­as he visto caerse de un carro unas cuantas patatas y el dueño no se ha molestado en recogerlas. Y la ardilla añadió: en esa granja vive la gallina Balbina. A veces me deja coger huevos antes de que se los quite su ama. Y el jabalí apuntó: mi amiga Cabra-lista me ayudó a criar al jabatico pequeño. Ella podrí­a darnos leche.

La cigüeña propuso: mis amigas y yo recogeremos leña para que se calienten. Y otros dijeron: yo puedo recoger piñones… Yo arándanos y moras, dijo una comadreja subida en un árbol.

Vale, vale, ¿cuándo empezamos? -interrumpió el conejito. Pues hoy mismo, dijeron unos cuántos aplaudiendo. –A las tres empezamos, ¿vale? –dijo el conejito. Y así­ fueron recogiendo comida.

A la hora de la cena, el viejecito se asomó  a la puerta y vio las patatas, los huevos, la leche y los frutos del bosque. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

Mujer, ven pronto, que esta noche cenamos: tenemos un regalo.

La viejecita, como pudo, se acercó a la puerta y por sus mejillas corrieron dos lágrimas al ver la comida. Pero ¿cómo es posible? ¿Quién habrá sido? A lo mejor no es para nosotros, dijo.

Y el viejecito replicó: Pues yo me la voy a comer como si fuera para mí­. -Y yo también, añadió su mujer.

Y después de cenar se sentaron al fuego, que ella encendió con la leña de la cigüeña y sus amigas.

Sentados junto al fuego, decí­a la viejecita: ¿Quién será nuestro protector?

Y él contestó: alguien de buen corazón que ayuda a los viejecitos.

-Marido, dijo ella: me parece que ya sé quién es.

¿Quién?

Pues el geniecillo de los viejos, dijo la anciana.

Eso será, mujer.

Y se tomaron las manos, tan felices, mirando el fuego.

FIN

© Mª Teresa Carretero García

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