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Los Cuatro Músicos de Bremen

Los Cuatro Músicos de Bremen

Había una vez cuatro animales: un burro, un perro, un gato y un gallo que se habían hecho algo mayores y en las casas donde estaban sus amos se habían cansado de ellos: a los cuatro los trataban mal.

Al gallo Hans pensaban comérselo dentro de cuatro días, por Navidad.

 En la granja de Peter, cuatro casas más allá, vivía el perro Tom. Lo tenían atado sólo para que ladrara cuando alguien se acercase, pero nunca lo sacaban y sólo le daban un poco de pienso tres o cuatro veces por semana.

También había en ella un burro, Donk,  que sus amos utilizaban para llevar su fruta y verduras a los mercados.

Hacía varias semanas que sus amos ya no iban al mercado con el borrico Donk porque decían que estaba viejo y le pedían prestado su caballo a un vecino.

Algunas veces, al pasar por una granja vecina, el burro Donk oía maullar tristemente a la gata Mina, que estaba muy enfadada con sus amos porque no la dejaban entrar en la casa y decían que ya estaba vieja. Andaba siempre por la puerta para encontrar saltamontes o ratoncillos, o algo que comer.

Los cuatro -la gata, el burro, el perro y el gallo- se conocían desde hacía mucho tiempo. El gallo, con su buena voz, siempre quiso ser músico, pues su voz  de gallo sonaba como una trompeta. Tenía un plan de aventura para ellos cuatro.

Fue a contarles su plan a los otros tres: Podemos escaparnos a vivir libres y sin amo en la ciudad de Bremen, donde hay músicos callejeros y la gente les da dinero y cosas de comer. Les dijo: “mejor vivir libres y sin amos, que esperar aburridos a morirnos”.

El burro Donk sabía cómo ir a la ciudad, porque había ido muchas veces allí al mercado.

Así que una mañana se reunieron los cuatro en un puente junto al camino de Bremen y echaron a andar.

 Cuando llegaron a Bremen ya era de noche. A la entrada de la ciudad vieron una granja y había cuatro ladrones repartiéndose lo que habían robado.

 

 El gallo dijo: hay que espantar a esos ladrones. Así que se subieron uno encima de otro: abajo el burro, encima el perro, encima del perro el gato y arriba el gallo. Empezaron a rebuznar, a ladrar, a maullar y el gallo a tocar la trompeta con su garganta del ki-kiri-kí. Entre los cuatro músicos armaron un gran alboroto gritando todos su música al mismo tiempo: Ji-jo ji – jo.  Guau guau – Miau marramiau. Ki-kiri-kí, espantando tanto a los ladrones, que escaparon muy asustados.

Así los cuatro animales tomaron una buena cena y se quedaron por allí.

A media noche, los ladrones volvieron junto a la casa y mandaron a uno de ellos a investigar.

Al ver los ojos del gato brillar en lo oscuro, creyó aquel ladrón que eran carbones encendidos, y fue a encender en ellos su candil.

Entonces, los cuatro de repente le atacaron:

el gato le arañaba la cara con sus uñas, el perro le mordía en las piernas, el burro le daba coces y patadas y el gallo le chillaba espantándolo hasta la puerta: El ladrón salió corriendo y les contó a sus compinches cómo le había ido:

Les dijo: me ha atacado una horrible bruja arañándome con sus uñas (pero era el gato), un ogro me cortaba en las piernas con un cuchillo (y era el perro con sus dientes), un gigante me daba garrotazos (y era el burro dando coces) y lo peor: un juez me chillaba que me metería en la cárcel (y era el gallo). Los ladrones se marcharon de allá y los cuatro animales se quedaron a vivir en aquella granja tranquilos y felices.

Delante del ayuntamiento de Bremen hay una escultura de estos valientes animales, que se llama ‘los cuatro músicos’

FIN

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