En Vereda azul, el pueblo de Carlitos, hay una escultura en la plaza, la estatua de un vecino llamado Ginés. Fue muy querido por los niños y niñas del pueblo. Él había ayudado con su dinero a construir la escuela, el polideportivo y la biblioteca

*** ***

Un domingo, Carlitos sacó a Lope, su perro, temprano a pasear. Había pertenecido a Ginés, y ahora era suyo. Siempre descansaban junto a la estatua de Ginés. Carlitos le estaba hablando y el perro lo escuchaba muy atento. ¿Te acuerdas de Ginés?, preguntó al perro. –Guau, guau, guau! , asentía, mientras tocaba con su patita la mano de Carlitos. -¿Te cuento de nuevo la historia? –Guau, guau, guau!, asintió Lope moviendo su rabito.

–Pues ahí va: Ginés era tu amo y mi mejor amigo. Un día fuisteis  al monte. Al anochecer te vimos solo, sin tu amo y ladrando sin parar. Mordías los pantalones de los hombres arrastrándolos hacia al monte. Les estabas avisando de algo.

Buscamos a Ginés durante cuatro días. Había desaparecido sin dejar rastro. Yo te recogí y viniste a vivir conmigo. –Guau, guau. -Los dos echábamos mucho de menos a Ginés. Recuerdo cuando estuve enfermo: todos los días venía a visitarme.

Cuando me curé, no quería salir a la calle porque me había quedado cojico y me veía diferente a los demás. Ginés se enteró y vino contigo a verme; me dijo:

“Carlitos, eres el mismo de antes: igual de simpático. Lo que te ha pasado le puede suceder a cualquiera. Si yo estuviera como tú, ¿ya no serías mi amigo?”  Sí lo sería, respondí; y él dijo: pues yo igual.

Comprendí sus palabras pero no quería ver a nadie.

Una tarde, apareció Ginés con todos mis amigos y amigas. -Guau, guau, guau. -Sí, también venías tú. Yo me emocioné. No cabíais en el salón. Mi mamá os ofreció limonada y un gran bizcocho de chocolate.

Cuando os fuisteis, encontré mensajes de apoyo bajo la funda del sofá, en el ordenador, en mi cuento favorito, en mi silla y hasta en la chimenea.

Me di cuenta de que a ninguno os importaba mi cojera. Aprendí a andar más despacio y disfrutaba los paseos con Ginés y contigo por el pueblo.

Aprendí de Ginés a leer el tiempo en el cielo y me encantaba decir a mi mamá: “recoge la ropa, que pronto lloverá” y ver que al rato empezaba a lloviznar.

Yo seguía triste porque antes era buen corredor y me gustaba mucho correr. Él me dio una idea: “todo lo que sabes de carreras lo puedes enseñar a los demás siendo tú el entrenador”. Y así me convertí en el entrenador de carreras de los niños y niñas del pueblo.

En mi cumpleaños, me preparasteis entre todos una gran sorpresa: Ginés me regaló uno de sus caballos. Me dijo: “Con él correrás y saltarás lo que quieras”. –Guau, guau, guau.  -¿Qué quieres, Lope? Ah, me avisas que ahí llega Manolito.

-¿Qué hacéis? –Recordando a Ginés. -Pues seguid, que yo escucho.

-Era marrón, con una llama blanca en la cara, un caballo precioso. Lo llamé Centella. Ginés me enseñó a montar.

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– Tú, Carlitos, le dabas siempre a Centella una manzana y tres zanahorias.  

– Sí, Manolito. –Guau, guau, guau. -Y a ti, Lope, no se me olvida, también te daba manzana.

Mi cojera ya no era  importante: volví a ser feliz.

-“Me acuerdo mucho de Ginés”, nos decías.  –Guau, guau, guau. -Ya sé, Lope, tú también te acuerdas. Recuerdo cuando Pepito nos propuso hacer algo para recordarlo siempre. Marina propuso colocar una placa en su casa y Dani decir al alcalde que le pusieran su nombre a una calle o al Colegio. De pronto dijo Antoñito: “Ya lo tengo. Yo he visto en una plaza en la ciudad la estatua de alguien muy importante; para nosotros, Ginés era muy importante”. –“Eso, eso: una estatua”, dijimos todos.

Y por eso, Lope, estamos aquí junto a su estatua recordándole.

-Y a ti, Carlitos,  te tocó descubrir la estatua porque eras el mejor amigo de Ginés. –Guau, guau, guau.

-Tú también eras su mejor amigo perro. Con su escultura, parece como si Ginés no se hubiera ido y siguiera entre nosotros. Un día estaba yo triste: tenía un problema, se lo conté a Ginés y la estatua al oírlo, lloró.

-Sí, nos quedamos impresionados cuando nos lo contaste.

Yo me quedé parado al ver deslizarse dos lágrimas por su cara de granito. Eran de color oscuro. Me pareció oírle decir: “Carlitos, amigo, no estés triste: todos los problemas se solucionan. Ven y recoge mis lágrimas”. Las recogí y dije: ¡Anda, si parecen de chocolate!

“Así es”, dijo su voz: “cómete una y guarda la otra”. Hice como me dijo. Estaba buenísima; enseguida me di cuenta de que había olvidado mi problema.  –“Gracias, Ginés, muchas gracias”, dije.

La escultura sonrió. Me froté los ojos: no podía creer lo que estaba pasando.

Mientras  me iba, me pareció oír a Ginés decir: “cuando tengáis algún problema, venid a contármelo, que yo lo solucionaré con mis lágrimas de chocolate”.

“Gracias, amigo”, dije. Os lo conté a todos y todos prometisteis no decírselo a nadie. Era un secreto entre Ginés y nosotros, niños y niñas de Vereda Azul.

*** ***

Los mayores del pueblo se preguntaban por qué los niños llamaban a la estatua Lágrimas de chocolate; nunca llegaron a saberlo. Los niños siempre estaban contentos y felices. Los mayores nunca supieron que desde su pedestal Ginés cuidaba de ellos y que sus lágrimas de chocolate eran como vitaminas de cariño y amistad.

FIN

© Mª Teresa Carretero García

 

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