Select Page

La Tristeza del Príncipe

La Tristeza del Príncipe

 

El príncipe Tyn sufría tristeza prolongada. Su padre, el rey era muy querido por los ciudadanos de aquel lejano país: Cada día recibía noticias de todos los lugares del reino y así conocía sus problemas.

Majestad: el príncipe no ha cenado, dijo una noche su mayordomo.

¿Ha dicho qué le pasa?, dijo el soberano.

– Dice, majestad, que no le pasa nada.

¿De dónde le venía esa tristeza?.

Al día siguiente, el mayordomo dijo: El príncipe Tyn no quiere levantarse.

¿Ha dicho qué le pasa? Volvió a preguntar el rey. No, majestad.

Pues llamaremos al médico, a ver de qué proviene la tristeza.

El médico dijo al reconocerlo: lo que el príncipe tiene es grave.

– ¿Cómo?,  dijo el rey.

– Sí, es grave, aseguró el médico. Yo no lo puedo curar. Yo curo las enfermedades del

cuerpo, pero esa tristeza es enfermedad del alma.

– Y qué me aconseja, doctor?

– Busque en el reino alguien que comprenda y cure la tristeza.

Inmediatamente el rey mandó emisarios a todos los pueblos del reino. Buscamos, explicaban, alguien que cure la tristeza de nuestro príncipe.

Acudieron al palacio charlatanes, curanderos y hombres que curaban haciendo reír. Le pusieron al príncipe cataplasmas, le hicieron comer hierbas muy amargas y le administraron otras curas.

Pero el príncipe estaba cada vez peor.

Un día, cuando el rey estaba ya desanimado, llegó al palacio una viejecita. Venía de muy lejos.

– Quiero que me reciba el rey, dijo. Conozco un remedio que creo que le servirá al príncipe.

– Y ¿Qué es, anciana? Preguntó el rey.

– Es ponerse la camisa de un hombre feliz, dijo.

– ¡Qué fácil!. En mi reino hay muchos hombres felices.

– Bueno,  no crea que es tan fácil: hay gentes que dicen ser felices pero no lo son, y otros creen serlo pero no lo son. Tiene que ser realmente feliz.

– Gracias, anciana.

– Suerte en su búsqueda, majestad.

El príncipe se probó cientos, miles de camisas, pero ninguna lo curaba. El rey decidió que marchara con su séquito a buscar a ese hombre feliz, convencido de que habría en el reino alguien verdaderamente feliz.

El príncipe y su séquito recorrieron el reino durante varios meses.

Un día, a la orilla del camino, encontró a un hombre que se disponía a comer a la sombra de un árbol.

El príncipe se había separado de su séquito, y el hombre le dijo: Siéntate aquí conmigo a descansar. Compartiremos la comida, luego descansaremos y nos reuniremos con tus acompañantes.

Hablaron largo rato, y el príncipe, viendo que el hombre era feliz de verdad,  le explicó:

– Tengo una enfermedad del alma y solo se curará cuando me ponga la camisa de un hombre feliz, y creo que tú lo eres.

– Es verdad: soy muy feliz, estoy contento con lo que tengo y no necesito más.

El príncipe le dijo ¿me darías tu camisa?

Con todo el gusto del mundo, príncipe, pero es que no uso camisa. Si quieres, te puedo dar mi amistad.

El príncipe le dijo: Cuando quieras, ven a visitarme al palacio. Me encantaría aprender a ser verdaderamente feliz.

Así lo haré, hasta luego, príncipe, dijo el hombre. Adiós

FIN

(basado en el relato de Rabindranath Tagore, premio Nobel)

About The Author

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *