Marcos vivía en una pequeña casa de pueblo con su abuela Carmen.

Una tarde de invierno le dijo: Abuela, ¿Cuándo vamos a ir al bosque a buscar leña?. Queda muy poca en la leñera. Tienes razón… mañana o pasado. Tengo que sacar también la ropa de abrigo.

Cuando Marcos volvió del colegio la mañana siguiente, vio a su abuela seria y triste.

-Hola, abuela, qué bien huele a mi comida favorita. Pero pareces preocupada.

Al terminar la comida, abrazó a la abuela y dijo: -¿qué te pasa, tesoro?

-Ella sonrió y dijo: Verás, tenemos un problema. -¿Otro, abuela? –Sí otro.

-Pero abuela, ¡nosotros somos campeones en solucionar problemas!. (La abuela volvió a sonreír).

-Ya, pero para solucionarlo necesitamos dinero, y eso es lo que no tenemos.

– Pues cuéntame cual es, abuela. Dice la señorita que si compartimos un problema se parte en dos y se hace más pequeño.

¡Anda!, dijo la abuela, no lo había pensado… pues tienes razón. Vamos a compartirlo para que se haga más pequeño.

-¡Esa es mi abuela!, gritó alegre Marcos. –Pues verás: hemos tenido visita. -¿Qué dices?, ¡si a nosotros no nos visita nadie!. -La visita ha sido en el arcón, Marcos -¿En el arcón?

-Voy a enseñarte algo. (La abuela trajo del arcón una manta y un abrigo).

-¡Pero abuela, ¿qué es esto? – Lo que el ratón ha dejado de la manta y del abrigo; ¿no ves que están llenos de agujeros?  –Sí, ya lo veo. Pues vaya… ¿entonces fue una visita de ratones? –Sí, y se comieron nuestra ropa. -¿Y qué haremos, abuela ahora que llega el frío? Abuela: tú coses muy bien, ¿podremos arreglarlo? –No sé, no sé…

La abuela arregló lo que pudo pero pronto descubrió que había más ropa destrozada.

Marcos y su abuela pasaban frío, pero cada uno  callaba para no preocupar al otro.

Un día volvía Marcos de la escuela; iba corriendo para entrar en calor. Cerca de casa se encontró con una oveja que se quedó mirándole y le sonrió. –Abuela, abuela, ya estoy aquí. Oye, te cuento una cosa? –Dime, Marcos.

-Pues me he encontrado cerca de casa una oveja y ¿sabes qué? Se me ha quedado mirando y me sonreía.

-Anda, anda, tú ves visiones! Eso es que tienes hambre; vamos a poner la mesa. – Que no, abuela, que es de verdad, la oveja sonreía. – Sí, sí, pero come rápido y se te pasará.

Marcos volvió a encontrar a la oveja varias veces y siempre le sonreía, pero ya no se lo contaba a la abuela.

Un día que el frío era más intenso, la oveja se acercó a él y comenzó a hablarle. -Oye, niño. ¿Por qué no llevas guantes ni gorro, con el frío que hace? Marcos se quedó de piedra. -Pues, pues… porque no tengo,

– ¿Y ese chaquetón tan corto? – Es lo que ha podido salvar mi abuela de un abrigo que destrozó un ratón .

– Pues dile a tu abuela que te haga un abrigo con una manta. -No puede; todas tienen agujeros. Bueno, ovejita, hasta otra vez.

Otra vez, la oveja le preguntó: ¿Tú me harías un favor?. –¡Claro!  – Pues ve al bosque y busca una hierba verde que tiene una hoja dorada, y me la traes para que la coma. – De acuerdo. Marcos se la trajo y la oveja la comió. Días después volvió a encontrársela y la oveja le dijo: ¿Me harías otro favor?  –Claro que sí.

– Ve al río y busca un lugar donde el agua cambia de color; recoge agua en un cuenco y yo la beberé.

Eso hizo Marcos, y a los dos días volvió a ver a la ovejita, que le dijo: Ve a la plaza del pueblo. En el centro hay un árbol muy antiguo; tiene un agujero en el tronco. Busca en él y encontrarás un polvo muy fino. Tráelo y échalo por todo mi cuerpo. Y así lo hizo el niño.

A los dos días, Marcos volvió a verla y le preguntó ¿Qué tal? -Muy bien, acércate. Busca en mi barriga hasta que encuentres un hilito de lana más largo, que sobresale. Tira de él sin miedo.

Marcos tiró con cuidado para no hacerle daño. Y comenzó a salir una hebra de lana que se elevaba y comenzaba a dar vueltas alrededor de Marcos. Estate quieto, no te muevas -le dijo la ovejita. El niño veía asombrado cómo poco a poco se iba tejiendo un bonito abrigo que le daba mucho calor. Luego la hebra se subió a su cabeza haciéndole un bonito gorro.

De allí pasó la hebra a cada una de sus manos y se tejieron dos bonitos guantes.

El niño, sorprendido dijo: ¡Esto es magia! -No, no es magia. Tú has ayudado trayendo lo que necesitaba, sin preguntar… -Pero me falta algo muy importante, ovejita: necesito dos mantas para mi abuela, para que no pase frío por la noche. -No te preocupes, mañana las tendrás.

– Muchas gracias, ovejita por tu ayuda.

-No hay de qué: a mí me sobraba lana; a ti te faltaba: era justo que te ayudara.

Al día siguiente, en la puerta de su casa había dos mantas. Nunca más volvió a ver a la ovejita.

Cuando se lo contó a la abuela, ella le dijo: había oído hablar de una ovejita que ayudaba con su lana a la gente, pero nunca lo creí. -Pues ya has visto que es verdad. Lo único que siento es que no sé su nombre; nunca se lo pregunté.

-En eso sí te puedo ayudar: decían que se llamaba la ovejita generosa.

-Muy buen nombre, abuela, me gusta: ‘la ovejita generosa’. Y se abrazaron los dos.

FIN

© M T Carretero

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