La oruga egoísta. En un  hermoso jardín vivían muchas plantas: rosales, claveles, margaritas y grandes árboles, que daban mucha sombra en verano. Había también muchas hierbas aromáticas. De todas, la más hermosa y olorosa era la menta. Estaba plantada en el centro del jardín y su aroma superaba al de rosas y jazmines. La menta estaba muy orgullosa y algo vanidosa de su éxito. Todos los visitantes elogiaban su belleza y su penetrante aroma.

Un día llegó al jardín una joven oruga verde. Venía de otro jardín, del que ya se había cansado y pensó: ¡qué jardín tan bonito; esto es lo que buscaba. Aquí podré comer todas las hojas que quiera de mis plantas favoritas, hasta hartarme!. Se paseó por el jardín, y al ver un parterre de menta exclamó; ¡Oh, qué suerte: un parterre de mi comida favorita!; y decidió instalarse en él.

La menta dormía su siesta, como todos los días. Los gritos de alegría de la oruga la despertaron, y dijo: Oye, oruguita guapa -¿Qué haces en mi parterre? -Voy a instalarme aquí.

¿Y por qué no te instalas en otro?; dicen los pajarillos que mi parterre no es el mejor y que hay plantas con hojas más dulces y sabrosas. La oruga contestó: Porque he elegido este lugar y nadie me hará cambiar de idea. Yo siempre hago lo que me apetece.

¿Y tus amigos te dejan?, preguntó la menta. -Pues sí, porque si no, no juego con ellos. Aunque a veces pronto se cansan de mí y me dejan sola.

-No me extraña. Oye oruga, vamos a poner las cosas claras.

-No, no…  yo solo como hojas de menta y necesito muchas, pues quiero estar fuerte para ganar la carrera anual de orugas, así que ya lo sabes: como lo que quiero.

A la menta se le pusieron las hojas de punta y dijo: Bueno, oruguita, podemos llegar a un acuerdo: yo te doy cada día unas hojas de las más grandes y tú te las comes, y las dos tan contentas.

-¡No!, yo comeré lo que quiera y cuando quiera.

-Pues saldremos perdiendo las dos, porque yo me secaré y tú te quedarás sin comida.

-¡Bueno!… Para cuando te seques, yo ya estaré bien fuerte y no te necesitaré.

La menta comprendió que la oruga era una egoísta y que nadie la haría cambiar de idea, pero replicó:

Tú me comerás y yo me secaré, pero en primavera volveré a brotar de mis raíces.

Pasó el tiempo y la oruga cada vez se comía más hojas de la menta. Un día que esta dormía, la oruga se comió hasta su última hoja,  y esta se secó.

La oruga se había hecho grande y fuerte.

Como no tenía ya comida que le gustara, se fue a otro jardín a buscar más menta.

Caminaba hacia un precioso parterre de menta, cuando una urraca la vio tan apetecible que se la comió.

Y así terminó la historia de la oruga egoísta.

FIN   ©Mª Teresa Carretero

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