Esta es la historia de Teresa, una niña que nació en un pequeño pueblo. Según le contaba su mamá, cuando vino al mundo hubo un terremoto. Esto la hacía sentirse  un poco especial, pues a ninguno de sus amigos y amigas les había pasado nada parecido. Vivía con sus papás y sus  hermanos, a quienes quería mucho. Su casa era grande y espaciosa.
Tenía un gran jardín al que venían sus amigas y amigos a jugar. El jardín se convertía en bosque, jungla o castillo según sus juegos; la cochera era la mazmorra de un castillo; el pozo y la pila eran estanques surcados por barquitos de vela…
Desde pequeñita, la naturaleza y los animales le atraían mucho: los pollos, los pavos, las gallinas, los conejos, los gatos, los perros … eran sus mejores amigos y sus compañeros de juego favoritos.
No tenía aún dos años cuando su papá recibió un regalo singular: Don Paquito. Ese era el nombre que le pusieron a aquel mono de la familia de los titís.
Toda la ilusión de Don Paquito era acostarse en la  cuna de Teresa y ponerse su chupeta. Sus papás tuvieron que comprarle a Don Paquito una chupeta para que no se la quitara a la niña.
Poco después, Teresa vio aumentado el número de sus amigos, con una pequeña gallina americana, que su papá trajo a casa, a la que llamaron  Mimi. Era muy cariñosa y siempre la acompañaba como si fuera un perrillo.
A veces Teresa se ponía enferma  y su  papá le traía unos regalos maravillosos: cogía del jardín una o dos avispas, les quitaba el aguijón  y les ponía un largo hilo de hilvanar en la patita para poderlas conducir. También le traía gorriones, que ella ponía bajo la sábana, igualmente con su hilito: era muy largo y ellos podían pasearse por la habitación. Cuando se ponía buena, los soltaba.

Le gustaba observar a sus hermanos mayores cuando estudiaban; a veces le contaban cuentos, que ella escuchaba muy atentamente. El  colegio de Teresa era una escuela de pueblo, con pupitres de madera oscura y con tinteros para mojar la pluma. A veces, los niños mayores cazaban una mosca y la metían en el tintero: la pobre salía de color azul marino y en su vuelo salpicaba todo de tinta…Los mayores se reían, pero a ella le daba mucha pena.
El verano era su estación favorita. Como hacía mucho calor, a veces su papá sacaba el colchón de una cama y lo colocaba bajo la higuera: en él se acostaban todos los hermanos mientras la mamá se mecía en su mecedora y el papá contaba historias antiguas o les enseñaba a descubrir el cielo.
Un verano, trajeron a su casa un biscúter. Era un coche muy pequeño pero de verdad, solo que no tenía marcha atrás.

Se paseaban con él por el jardín de la casa. Hacían excursiones a castillos de dragones, reinos de monstruos malvados, cuevas de piratas…
Aún no había cumplido Teresa ocho años cuando  su familia se trasladó a vivir a la ciudad.
A Teresa le dio mucha pena dejar a sus amigas y amigos, su casita, su jardín y sus amados gatos Serafín y Silvina. Intentó llevárselos, pero en su nueva casa no dejaban tener gatos, le explicaron.
Como Teresa estaba triste, su papa le prometió que cada noche le contaría un cuento. Pronto descubrió que junto a la nueva casa había un hermoso y gran jardín, donde podía jugar y divertirse.
El colegio era más grande que el del pueblo y a él acudían muchos niños y niñas. Los niños iban con maestros y las niñas con maestras. Doña Carmen, la maestra, quería mucho a Teresa, a quien encantaba leer en voz alta y mejorar la letra con su ayuda.
Había clase todos los días de la semana, mañana y tarde, menos la tarde del jueves. Los sábados por la tarde ponían en la escuela películas del gordo y el flaco o de Charlot, con gran jolgorio y regocijo de niños y niñas.
Teresa escuchaba la radio, mientras merendaba -pan y chocolate. Los cuentos que narraban en la radio, como Caperucita Roja, Los tres cerditos, Garbancito, El sastrecillo valiente o Hansel y Gretel, todos le gustaban. Algunas noches soñaba que ella era caperucita, y cuando se encontraba al malvado lobo, descubría que era uno de sus gatos y entonces se ponía muy alegre y lo acariciaba. Pero al despertar…veía que todo  había sido un sueño.
Le complacía  ver a su padre leer el periódico o algún libro de su biblioteca. Siempre que tenía dinero, su padre, compraba libros, y le decía: Cuando seas mayor podrás leerlos todos.
Los Reyes Magos siempre le traían algún cuento. Ella se lo leía de corrido y luego lo colocaba en su pequeña biblioteca de cuentos.
Fue leyendo más y más cuentos: El gato con Botas, Blancanieves y los Siete Enanitos,  El Principito, algunos de Oscar Wilde como El Fantasma de Canterville…Orgullosa, contaba como su pequeña biblioteca iba aumentando.
A los doce años comenzó el instituto. Allí conoció a niñas de otros barrios y  pueblos. Un verano viajó a Mallorca, donde conoció a Robert Graves, famoso escritor inglés, que era muy simpático, le encantaban los niños y los animales.  Qué chuli, poder ser escritor, pensaba Teresa.

Dejó atrás los cuentos y pasó a leer libros de aventura como Tom Sawyer  o La Cabaña del Tío Tom e historias como Oliver Twist.

Le divertía mucho montar en patines, jugar al diábolo y al yo-yo, montar en bicicleta y jugar a las prendas o al escondite en el jardín: a veces, de noche, se quedaba dormida en el césped mientras se escondía, y la llamaban buscándola.
Ella y sus amigas bajaban al río con su vecino Ubaldo a ver cómo pescaba y se divertían viendo los peces y demás animalillos.
Por las tardes recorrían el paseo del río y cazaban grillos y lagartijas, que utilizaban para asustar a los mayores. En el verano, hacía pronto las tareas de casa y enseguida se iba a la habitación de su hermana, silenciosa y fresca: allí leía, leía y leía… a veces se leía una novela en un día o día y medio. Así se fue leyendo la biblioteca de su padre. Entonces no había bibliotecas donde ir a leer o tomar libros en préstamo, pero ella tuvo la suerte de tener una en casa. Así que leyó las Novelas Ejemplares, El Conde Lucanor, El Lazarillo, Las Mil y Una Noches…. En el instituto leyó El Quijote, el libro más importante escrito en español. Lo encontró muy entretenido y divertido. La lectura era su pasatiempo favorito.
 Los libros se convirtieron en sus mejores amigos: le abrían mundos diferentes y mágicos en los que se sentía como una heroína. Comenzó a escribir sobre animales, flores, paisajes y personas que iba conociendo o encontrando. Guardaba lo que escribía. Esa afición la continuó en sus años de Universidad. Al terminar sus estudios decidió que lo que más le gustaba era leer y escribir, y que eso es lo que haría.
Comenzó a escribir historias y relatos cortos. Algunos fueron premiados. Desde niña siempre le había encantado inventar historias y contarlas a sus amigas y amigos. Todo el mundo decía que captaba muy bien la atención de los pequeñines. Pasó el tiempo y Teresa se enamoró y se casó.  Estaba muy contenta porque iba a tener un bebé.
Un día tuvo una gran idea: “¿y si escribo nueve cuentos para leérselos a mi bebé, uno por cada mes de espera?”… y eso hizo. Estos cuentos serían también para todos los niños y niñas que los quisieran leer.
Así fue como empezó a escribir cuentos, más de cincuenta. Siete de ellos están publicados.
A Teresa le encanta estar rodeada de niñas y niños. Disfruta mucho contándoles sus cuentos.  Es entonces cuando se siente la mujer más feliz del  mundo
Teresa tiene muchos amigos inmigrantes, pues ayuda en una ONG, la Asociación NERI de ayuda al Inmigrante. Ellos le han contado  muchas historias de niñas y niños africanos.
Teresa piensa que los niños y niñas son lo más importante del mundo: un beso y un abrazo de  un niño te abren las puertas del cielo.

Esta historia de Teresa es la mía propia, que quiero compartir con mis mejores amigos y amigas, los niños y niñas.         FIN

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