Esta es la historia de un molinero y su bella hija. Estaba tan orgulloso de la belleza de su hija que quiso que la conociera el Rey. Para eso inventó cualidades que ella no poseía.
-Sabed, Majestad que mi hija tiene el don de convertir la paja en oro.
-¿Es eso posible?
-En efecto: con su rueca va hilando y la paja se torna fino hilo de oro.
-Traedla mañana, que quiero conocerla, y le haré una prueba.
La llevaron a una sala llena de paja, le dieron un huso y una rueca y le dijeron:
Ahora ponte a trabajar, molinerita y si para mañana no tienes la paja convertida en hilo de oro, habrás de morir.
-¿Cómo puede ser eso?, replicó la molinerita. – Son órdenes del Rey, contestó un guardia real.
La encerraron en la sala y ella se puso a su trabajo pero la linda molinera no sabía convertir la paja en hilo de oro, se asustó y comenzó a llorar.
De repente se abrió la puerta y entró un hombrecillo diciendo: Buenas tardes, molinerita, ¿por qué lloras de esa forma?
-Es que tengo que hilar en oro toda esa paja y no sé cómo.
-¿Qué me das si te lo hago yo?
-Te doy mi collar, dijo la muchacha.
El hombrecillo tomó el collar, se sentó ante la rueca y run run run, el huso se llenó, luego tomó otro huso y lo llenó igual de hilo de oro. Así continuó hasta el amanecer y toda la paja quedó hilada en oro.
Al poco, llegó el rey y quedó maravillado y muy satisfecho, pero se volvió más y más ambicioso. A la tarde siguiente hizo llevar a la linda molinera a otra sala aún más grande llena de paja y le ordenó convertirla también en hilo de oro. Ella de nuevo echó a llorar y volvió a aparecer el hombrecillo, quien le dijo:
-¿Qué me das si te convierto la paja en hilo de oro?
-Te doy mi anillo, dijo la linda molinera.
Tomó el hombrecillo el anillo y se puso a mover la rueca, y a la mañana siguiente tenía toda la paja hilada en oro.
El rey quedó muy satisfecho al ver todo aquel oro, pero aún quería más, así que hizo llevar a la muchacha a otra sala aún más grande para convertir en oro toda su paja y le dijo:
Esta vez tienes que hilar todo esto esta noche y si logras hacerlo, te haré mi esposa. Pensaba el rey: aunque solo sea una simple molinera, jamás podría encontrar una esposa más rica.
Estando a solas la muchacha con su trabajo delante, apareció por tercera vez el hombrecillo, diciendo:
-¿Qué me darás si también esta vez te hilo toda esa paja?
-No me queda ya nada que darte, respondió la muchacha.
-Pues prométeme que si llegas a reina, me darás tu primer hijo.
De acuerdo, lo prometo, dijo la molinerita, muy asustada pues no le quedaba otro remedio que aceptar si quería salvar la vida. El hombrecillo hiló toda la paja haciéndola hilo de oro.
Llegó el rey por la mañana y al ver cumplido su deseo, la tomó por esposa y así la molinerita se convirtió en Reina.
Al año, nació un niño precioso. La Reina se había olvidado del hombrecillo y de su promesa, pero un día se le presentó de improviso y le dijo:
Dame lo que prometiste.
La Reina se horrorizó y llorando le suplicó: Te ofrezco todas las riquezas del reino si no te llevas a mi hijo. El hombrecillo respondió: No, porque un ser vivo es más valioso que cualquier riqueza del mundo.
Tanto lloró y suplicó la Reina, que le dio lástima, y como era muy vanidoso y lo que más amaba era la Fama, dijo:
Te doy tres días. Si para entonces has averiguado mi nombre, te dejaré conservar tu hijo.
La Reina pasó toda la noche repasando todos los nombres que sabía e incluso mandó un enviado a anotar todos los nombres que pudiese de personas en el reino. Cuando vino de nuevo el hombrecillo al día siguiente, ella empezó: Melchor, Gaspar, Baltasar, Hans… y a cada nombre que decía, él contestaba; no, tampoco, ese tampoco es mi nombre…
A la vez siguiente, ella recitó más y más nombres de persona, obtenidos en regiones vecinas, hasta los más raros… y él contestaba: No, no es Sisebuto, no es Crescenciano, no es Friedrich… siempre respondía: No es ese mi nombre.

Al tercer día, el enviado vino con este mensaje: No he encontrado nuevos nombres, pero en un monte al final del bosque, estaban despidiéndose un zorro y una liebre, dándose las buenas noches. Vi una casita y cerca de ella ardía un fuego y dando saltos a pata coja había un hombre pequeñajo y ridículo que cantaba:
«Hoy horneo, mañana destilo
y al otro, me quedo con el crío.
Suerte para mí, el duende SALTARÍN ”
Podéis imaginar lo contenta que se puso la Reina de saber el nombre del duende.
Cuando llegó el hombrecillo y preguntó: ¿Cuál, Señora Reina, es mi nombre? ella, con mucho aplomo dijo:
-A que no es Konrad –No, dijo él.
-A que no es Harry – Tampoco
A que sí es … ¡¡Saltarín!!
-Algún traidor te lo ha dicho. Algún traidor te lo ha dicho, qué mala suerte tengo. Y diciendo eso estampó en el suelo su pie derecho tan fuerte que se oyó un enorme trueno, surgió una nube de humo blanco y en ella el hombrecillo desapareció.
La Reina fue muy feliz con su amado hijo, a quien educó para que nunca fuera ambicioso.
FIN
Adaptado por M Teresa Carretero

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