La Casita de Bizcocho y Caramelo fue la ilusión que Paula siempre quiso lograr. Un día recibió una carta de Argentina, y pensó: yo no conozco a nadie en ese país. Con curiosidad abrió la carta.

Decía: distinguida señorita Paula, su difunto tío don Alberto dejó para usted una herencia que próximamente recibirá. Pensó: por fin podré terminar mis estudios de repostería. Y comenzó a soñar: Iré a Paris y estudiaré con el mejor maestro chocolatero. Después iré a Suiza para conocer a los maestros bizcocheros… y siguió soñando hasta caer dormida pensando en La Casita.

Cuando terminó sus estudios era una gran maestra pastelera: aunque se había gastado casi toda la herencia, lo daba por bien empleado. Buscó un lugar para establecerse no lejos de su ciudad, tranquilo y cerca de un bosque. Haré un edificio especial, se dijo, bonito y original, que se llamará La Casita de Bizcocho y Caramelo. Los periódicos y la televisión hablarán de ella.

Contrató al mejor arquitecto y juntos idearon La Casita de bizcocho y caramelo.

Los ladrillos eran de bizcocho de verdad pero tratados para resistir el frío, la nieve y el viento. El tejado era de chocolate negro. Las tejas se unían entre sí con una masa de azúcar, miel y un ingrediente secreto. Las ventanas simulaban madera pero eran de caramelo, con un ingrediente que impedía que los bichos se pasearan por ella. 

La puerta, de color rojo, era de láminas de bizcocho, caramelo y chocolate. Las paredes interiores estaban pintadas de azúcar de colores. Los tableros de las mesas eran de cristal de caramelo. Y en el mostrador de La Casita se exhibían las más increíbles tartas de chocolate, fresa, zanahoria, manzana, naranja, arándanos… Y había dulces para todos los gustos.

Pronto se hizo famosa La Casita de Bizcocho y Caramelo. Todo el mundo quería merendar allí. Paula estaba muy feliz, pues el negocio era un éxito. Por las mañanas, los pajarillos venían a visitarla y cantaban y cantaban hasta que ella salía y les daba comida.

Pronto empezaron los problemas para Paula. Un día que llovía observó que la casita tenía una gotera. Inmediatamente llamó al arquitecto. Este vio que faltaban dos tejas de chocolate negro. ¡Qué cosa tan extraña, dijo. El pegamento es muy, muy fuerte y nadie lo puede arrancar. Pues ya ves que sí, dijo Paula. –Lo arreglaré, no te preocupes, dijo él.

Otro día faltaba un trozo de la ventana de caramelo. Paula volvió a llamar al arquitecto. –No me lo explico, dijo él. Es imposible arrancar trozos de la ventanaPasaron los días y todo marchaba normal. Una mañana Paula vio que a la casita le faltaba la chimenea de mazapán. Se enfadó muchísimo. Llamó al arquitecto. El arquitecto la hizo hacer de nuevo y dijo: Paula ¿Tienes algún enemigo? -No, dijo Paula extrañada. -¿Estás segura?  –Segurísima, contestó Paula.

-Pues lo que le ha pasado a la casa no es que esté mal hecha: es que alguien la quiere destruir. Te aconsejo que busques un detective. Paula llamó al mejor detective, quien inspeccionó la casa, subió al tejado, miró las tejas, la chimenea y la ventana, fotografió todo en la casita y se marchó a la ciudad. Estudió el material recopilado. Pasado un tiempo, volvió a la casita de Paula, quien le esperaba impaciente. Pero el detective le dijo: dentro de dos días te daré el resultado.

Cuando volvió le dijo: Tranquilízate; nadie quiere romperte la casita. El problema es otro.  -¿Cuál?.

-En el bosque hay un grupo de duendecillos jóvenes traviesos y golosos. Son quienes se han comido lo que le falta a la casita. He hablado con ellos y esta noche vendrán a visitarte. Les he dicho que no estás enfadada con ellos. Paula dijo: bueno, un poco sí, pero que vengan.

Por la noche, vinieron los duendecillos. Entraron en la casita. –¡Qué casa tan preciosa!, dijeron todos a la vez.

– Os invito a comer cualquiera de mis tartas; elegid, dijo Paula.

Los duendes se pusieron muy nerviosos pues querían comer de todas. Cuando estaban comiendo, dijo Paula: Os propongo un trato: Vosotros no volvéis a comeros nada de la casita y yo os invito a tarta cada vez que queráis.

-¿Estás segura?, dijo el más atrevido. Mira que somos muy golosos.

-No os preocupéis: yo tengo dulces para todos. Prometedme que nunca comeréis nada de la casita.

-Lo prometemos, gritaron todos a la vez riendo y riendo mientras seguían comiendo tarta.

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