Había una vez un hermoso bosque donde vivían muchos animales; todos eran muy felices.

Los más pequeños jugaban en los prados, cubiertos de fina hierba y poblados de amapolas y margaritas.

Todos se conocían, pues sus familias habían vivido en ese bosque generación tras generación.

Los conejitos jugaban con las ardillas, con las liebres…los jabalíes con los zorros, los corzos… y todos lo pasaban muy bien.

La señora tortuga tenía una escuela, donde acudían los animalitos que tenían miedo a andar o volar. Con bonitas canciones les quitaba los miedos y pronto corrían por los prados o volaban por el bosque.

Al cole acudían ranas, topos, perdices, erizos, cervatillos, zorros, mirlos y otros animalitos, pues sus papás confiaban mucho en la señora tortuga.

Un día paseaba doña tortuga por el bosque. Un gorrión salió de su nido y le dijo: Hola, Martina -que así se llamaba la tortuga;  ¿Cómo va el cole?.

Muy bien, dijo la tortuga. Mis alumnos son muy buenos y aprenden muy pronto.

 Aún recuerdo, dijo el gorrión, cuando le quitaste el miedo a volar a mi pequeño. Martina respondió: sólo hubo que ayudarle un poquito, el resto lo hizo él.

La vida en el bosque era muy tranquila. Los domingos, los animalitos se reunían en el lago. Allí se bañaban,  jugaban y lo pasaban muy bien.

Martina y sus alumnos salieron un jueves de excursión, y al volver encontraron a dos patitos: a Martina le parecieron muy raros, eran… ¡de color negro!.

¡¡Dos patos negros!!, dijeron los pequeñuelos. Y corrieron a esconderse tras Martina.

 Hola, dijo Martina; quiénes sois? Pero no respondieron.

¡Hola, soy Martina!, repitió en voz alta.

Tampoco le contestaron. Martina pensó: a lo mejor no me entienden… y siguieron su camino.

Días después los vio cuando paseaba. Estaban hambrientos. El patito mayor le dijo por señas que era la mamá del pequeñín.

Martina les dio fruta y les indicó una charca donde bañarse. En el suelo mamá pata hizo un dibujo para indicar de qué país venían.

Pero eso está muy, muy lejos, dijo Martina; habréis corrido  muchos peligros…

Un día preguntó Martina: Oye, doña Patita, por qué sois de ese color? Mamá pata respondió: porque en nuestro país hace mucho calor y todos somos de color negro para que el sol no nos haga daño. ¡Aaah!, no lo sabía, exclamó doña Tortuga.

Martina se fue haciendo amiga de los patitos. Les enseñó el lenguaje y las costumbres del bosque. Una tarde, el cielo se puso muy negro. Llovía intensamente; los rayos alumbraban el bosque y retumbaban los truenos. Doña Tortuga pensó en los patitos… se estarán mojando; como no tienen casa…. Pobrecitos.

Cuando los volvió a encontrar, les ofreció su casa y les dijo: mamá Pata, podéis quedaros en mi casa hasta que encontréis un lugar donde vivir. Los patitos se lo agradecieron y entonces mamá pata le dijo: Mi hijo se llama Kalibú.

¡Qué nombre tan bonito!, dijo doña Tortuga, mientras el patito sonreía.

Kalibú comenzó a ir al cole con los demás animalitos del bosque. Pronto se dio cuenta de que nadie quería jugar con él ni sentarse a su lado. Un día se le acercó un zorrito y le dijo: No queremos ser tus amigos porque no eres como nosotros; no te conocemos, eres de otro lugar y de otro color y no nos gustas.

¿Cómoo?, dijo Kalibú; el patito no podía creerlo.

Por la noche, Martina oyó un sollozo,  y siguiéndolo llegó a la habitación del patito.

Kalibú, dijo Martina, estás triste? ¿qué te sucede?.  Nada, respondió el patito mientras se secaba las lágrimas. Martina le acariciaba sus negras plumas, que relucían a la luz de la luna. ¡Qué guapo eres… pareces de charol!.

-¿Y por qué no me quieren los demás animalitos?

 Martina dijo dándole un abrazo: tienen miedo porque eres diferente; no han visto nunca a ningún patito negro, eso es todo.

Él respondió: pero lo importante es ser buenos y ayudar a los demás, no el color.

– Claro, pero ellos no lo saben; algún día lo descubrirán, no te preocupes…

Kalibú ya no se preocupó; sabía divertirse solo.

Pasaron los meses; el patito se había acostumbrado a vivir en el bosque. Un día conoció a una rana verde junto a una charca.

Hola, me llamo Kalibú.  –¡Ahí vaaa!, dijo la rana, ¡Un pato negro! Y echó a correr.

Un mirlo que bebía agua le dijo: Me llamo Matías,¿ y tu? -Yo, Kalibú. Oye, Matías, por qué no huyes tú como la rana?  -Pues porque yo también soy negro y no me asustas.

Se hicieron muy amigos. El patito era feliz… por fin tenía un amigo con el que jugar en el bosque.

Un día dijo la rana verde, enfadada: no os acerquéis a mi charca, que me dais miedo. Matías y Kalibú siguieron jugando sin hacer caso.

La rana los veía jugar, hasta que una vez les dijo: ¿puedo jugar con vosotros? Bueno, dijeron los dos, y se pusieron a jugar con ella.

Martina, dijo una noche el patito, ya tengo dos amigos.

-Claro, y tendrás muchos más cuando te conozcan bien dijo ella.

Una mañana, el patito tarareaba una canción, cuando oyó: ¡Socorro, por favor… ayuda!

Kalibú acudió y vió un  zorrito que se había caído en la charca y gritaba mientras se hundía. Reconoció al zorrito que no quiso ser su amigo, pero sin pensarlo se tiró al agua a rescatarlo. Llegó hasta él y le dijo: agárrate fuerte a mi cola y te sacaré del agua. El pequeño zorro así lo hizo y Kalibú lo condujo hasta la orilla, donde Matías y la rana verde le ayudaron a reanimar al zorrillo.

Ya repuesto, dijo el zorrito: Kalibú, muchas gracias por salvarme; sin tu ayuda me habría ahogado en la charca.

-Bueno,¡no podía dejar que te ahogaras!

El zorrito contó la historia a sus papás, y a todos los animalitos.

En el cole, todos querían ser amigos de Kalibú.

Junto al lago, los papás del zorrito organizaron una fiesta sorpresa para él y su mamá. Y allí decidieron todos ayudar a los patitos a construirse una casa.

Ahora ya no eran extraños en el bosque. Todos eran sus amigos y no importaba su color ni de dónde habían venido… eran ya los nuevos vecinos.

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