Jugando a cocinar. 

La casa estaba en silencio. Todos dormían. Nada hacía presagiar lo que se estaba preparando.

En la cocina el frigorífico comenzó a moverse, y dentro se escuchaban gritos.

¡No aguanto más, dijo el pimiento rojo: Esta casa es un aburrimiento. ¡Y que lo digas!, dijo el tomate. Yo echo mucho de menos estar en una buena ensalada de maíz tierno, atún y aceitunas.

¿Y qué me decís de mí?, preguntó el plátano. Yo ayudo a que los niños estén bien fuertes.

Y yo, y yo –gritó una pequeña mandarina-: yo estoy súper-riquísima y ayudo a que los niños y niñas no se resfríen.

Pues yo, dijo la lechuga, soy de lo más importante, porque ¿qué serían las ensaladas sin mí?

Bueno, bueno, dijo el pepino: la zanahoria y yo hemos pensado que hay que ayudar a estos niños a que aprendan lo riquísimos que estamos y lo bueno y necesario que es que nos coman.

Vale, dijo la manzana, pero ¿cómo lo vamos a hacer?

Bien, dijo la naranja muy bajito: Un día vi que el limón y la fresa tenían un pequeño librito de recetas divertidas que estaban hechas para niños y niñas. Se lo regaló un abuelito duende que las preparaba y las ponía en las cocinas de las niñas y niños a los que no les gustaba ni la fruta ni la verdura.

¿Y sirvió para algo?, insistió la manzana.

Pues sí, le contestó el plátano, porque en las casas donde hacían esas recetas, a las niñas y niños les encantaban.

Entonces dijo la lechuga con entusiasmo: Pues venga, manos a la obra: Hay que llamar al duende y que se ponga a hacer esas recetas.

Al día siguiente, en la mesa de la cocina había una nota y muchos platos estupendos hechos con las recetas del duende.

La nota decía así:

Queridas niñas y niños: Soy el duende Mampantín. Estas recetas de cocina las he hecho para que las probéis, que seguro os encantarán.

¡Ah!… y son facilísimas de hacer. Intentadlo con vuestras mamás y vuestros papás. Firmado: El duende.

FIN

©M T Carretero

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