La historia de las alubias mágicas ocurrió hace mucho tiempo: En un pueblo cerca de Londres vivían una viuda y su único hijo Juanito. Eran muy pobres: su única posesión era una vaca.

No nos queda dinero ni para comprar el pan, -dijo, preocupada, la madre; pero aún tenemos la vaca.

Juanito propuso vender la vaca en Ramfield, y el jueves siguiente lo mandó su madre al mercado de ese pueblo a venderla.

De camino al mercado, se le acercó un hombre con un saco de alubias:

-¿Adónde vas con esa vaca, muchacho?. –A venderla en el mercado.

-Pues mira, chico: si quieres, te cambio la vaca por todas las alubias.

Juanito pensó que era un trato muy bueno, ya que en casa no tenían nada que comer, y muy contento dijo:

-De acuerdo: deme su saquito de alubias y se puede quedar con la vaca.

Al acercarse a su casa iba ya gritando muy contento: -Mamá, mamá: ¡mira lo que traigo!

Al escuchar lo que había hecho Juanito y ver las alubias, su mamá se enfadó tanto que las tiró al corral y se puso a llorar desconsoladamente. Juanito no entendía el enfado de su mamá; él creía haber hecho un buen trato.

Al día siguiente, al levantarse Juanito vio que algo hacía sombra en su ventana.

¡Qué raro! si en mi corral no hay árboles, pensó.

Cuando salió al corral, el espectáculo era impresionante: Las alubias habían prendido en el suelo echando raíces y hojas. Sus tallos se habían elevado muy alto hasta las nubes. Los tallos eran muy gruesos y se podía escalar por ellos. Y eso hizo el atrevido muchacho: Juanito trepó y trepó, mientras su madre le decía:

-Baja, Juanito, que luego no podrás descender desde tan alto, y es muy peligroso.

Y Juanito trepaba y trepaba hasta lo más alto, mientras su madre seguía llamándolo muy preocupada.

Muy cansado y ya en las alturas, Juanito se vio en un suelo entre las nubes. Echó a andar y después de un rato se sentó a pensar qué haría: Quizá terminaré muriendo de hambre, porque aquí no hay nada que comer.

Siguió andando y vio a una mujer con un precioso vestido; llevaba una varita adornada con un pavo real de oro.

– ¿Cómo has llegado hasta aquí?, preguntó a Juanito. Él le habló de las alubias y de cómo trepó por sus tallos.

-¿Qué recuerdas de tu padre?, preguntó la joven. –Nada, señora, y cada vez que pregunto a mi madre, se pone triste y nunca me cuenta nada, contestó.

Yo te lo contaré: Yo era el hada protectora de tu padre; pero, por un error que cometí, perdí mis poderes y tu padre murió al no poder ayudarle. Si prometes obedecerme te lo contaré todo.

Juanito lo prometió y ella siguió contando su historia: Tu padre era muy rico, pero un gigante, a quien él prestó ayuda, lo mató y se apoderó de todo lo vuestro. Yo nada pude hacer, pues estaba privada de mis poderes.

Estaba establecido que cuando tu vaca fuera vendida, yo recuperaría mis poderes. Yo hice que adquirieras las alubias y llegaras hasta aquí, donde vive el gigante. Y tú tienes que castigarlo.

Juanito prometió hacerlo.

Era ya de noche cuando Juanito llegó ante una enorme casa que parecía una fortaleza. A la puerta había una mujer de aspecto amable, que le dio comida y un lugar para dormir. Ella estaba muy extrañada, porque a la casa del  gigante malvado nadie se atrevía a llegar.

Se oyeron unos golpes y dijo la mujer: Es el gigante, mi marido. Si te descubre, te matará; y también a mí por darte albergue.

Inmediatamente escondió a Juanito en el horno. Por las rendijas veía el niño al gigante devorar enormes trozos de carne.

¡Quiero divertirme!, dijo a su mujer; y ella trajo una gallina. -¡A poner huevos!, dijo él. Al instante, puso la gallina un huevo de oro. Por tres veces repitió la orden y consiguió tres huevos de oro, que el gigante metió en una bolsa que llevaba en la cintura. Luego, se quedó dormido.

El niño observaba la gallina maravillado.

Cuando Juanito salió del escondite, tomó la gallina y corrió hasta la planta de alubias, por la que había subido, llegando así hasta su casa en pocos minutos.

Juanito abrazó a su madre, que lloró de alegría al ver a su hijo sano y salvo.

-¡Mira!, le dijo mostrándole la gallina. –“Ahora pon”, le ordenó. Y la gallina obedeció dejando sobre la mesa un huevo de oro. Una y otra vez le mandó poner y la gallina siempre obedecía. La madre de Juanito estaba muy sorprendida.

El gigante se enteró de que un muchacho había llegado por el tallo de alubias y se había llevado la gallina. Intentó entonces bajar y recuperar su gallina.  Juanito lo vio desde abajo y cortó con su hacha el tallo. El gigante cayó desde lo alto y murió.

Una vez vendidos los huevos, Juanito y su mamá nunca más pasaron hambre.  Y desde entonces vivieron siempre felices.

FIN

(Abreviado y adaptado -de la versión recogida por Dinah Craik en ‘The Fairy Book’- por Mª Teresa Carretero)

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