El huerto de Juan había dado ese año una cosecha muy buena de naranjas y él estaba muy contento. Las fueron cogiendo y poco a poco los árboles quedaron vacíos.

En un rincón del huerto, una pequeña naranja esperaba feliz a que se la llevaran. –Hasta luego, le dijo otra naranja del huerto mientras se iba: nos veremos en el almacén.

Pasaron los días, y los obreros se fueron marchando del huerto. –Eh, oiga, señor, ¡que estoy aquí! ¡que se han olvidado de mí!, gritaba. Nadie la escuchó, nadie le hizo caso.

¡Qué desgraciada soy: se han olvidado de mí! pensaba. –¡Vuelvan, vuelvan, que quiero ir con mis compañeras!

¡Qué mala suerte tengo, me han dejado sola en este huerto. ¿Con quién hablaré? ¿Quién me cantará canciones cuando esté triste?. Quiero a mis amigas: que me las devuelvan, se lamentaba. Y se removía en su rama muy, muy enfadada.

¿Hay alguien por ahí?, preguntó un pajarillo. –¿Acaso no me ves?: Se han ido todas mis amigas y me han dejado sola.

-Bueno, estás sola en el árbol, pero en el huerto hay muchos animalillos. –Sí, pero esos no son mis amigos, protestó ella.

-Cierto, pero si tú quieres, pueden serlo. –No, no: yo quiero que vuelvan mis amigas.

-Pero eso es imposible, dijo el pájaro: no volverán. –Bueno, pues entonces estoy mejor sola: no necesito a nadie.

-Como quieras; adiós, naranjita. 

La naranjita estuvo enfadada una semana. No hablaba con nadie y se tapaba los oídos cuando los pajarillos entonaban sus bonitas canciones. Si alguna hormiga, caracol o abejorro subía al árbol, ella cerraba los ojos y se ponía de espaldas.

Todos vieron que la naranjita no quería saber nada con nadie. Ya no la molestaron.

Pasado un tiempo comprendió que siempre estaría sola. Pero no le importaba, porque dedicaba su tiempo a inventar canciones y cuentos, que luego recitaba para sí en voz alta. Así llegó a hacer muchos cuentos y bastantes canciones.

Un día, una mariposa volaba cerca de la naranjita y oyó cantar “solita en este lugar… sin nadie que me acompañe…”

La mariposa sintió pena y fue a contarlo a los animalitos del huerto. El pajarillo dijo: pero ella no quiere estar con nadie; nosotros la respetamos.

Pues canta muy bonitas canciones y sabe muchos cuentos. Os aconsejo que la escuchéis: es muy buena.

Poco a poco se fueron acercando a oírla, incluso aprendieron canciones de la naranjita. A veces se reunían cerca de ella a escuchar sus cuentos.

 

Un día, mientras cantaba “solita en este lugar”, oyó que todos los animalillos también cantaban con ella.

Secándose las lágrimas dijo: ¿quién os ha enseñado mi canción?. –Tú, dijeron. Hace ya tiempo que escuchamos tus canciones y tus cuentos.

¿Y por qué no me lo habéis dicho? – Es que no queríamos molestar… Tus cuentos y canciones nos alegran el día. Cada día esperamos impacientes que te pongas a cantar y a recitar cuentos. 

Cuando empiezas a cantar, el huerto se llena de pajarillos. Todo el mundo te conoce. Y ¿sabes cómo llaman a esta finca? ¡El huerto de los cuentos!. Un abejorro añadió: y a ti te llaman Naranjita Cuentacuentos.

-Me hace gracia el nombrecito. Ahora no me enfadaré,  porque ya no estoy sola. Gracias: ahora sé que lo que hago gusta a los demás. Eso me hace de nuevo feliz.

-Y tener muchos amigos, añadió un gusanito que subía por el tronco y se acercaba a su rama. Y todos aplaudieron.

FIN

© Mª T Carretero

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