En un pueblecito vivía una familia que desde hacía muchos años se dedicaba a criar gallinas y gallos en un gran corral donde los animalitos se movían a sus anchas. Convivían en él gran número de gallos, gallinas y algunos polluelos. María, la dueña, cada mañana recogía los huevos, que llevaba al mercado y tiendas de la comarca.

Sus huevos eran muy apreciados: grandes, frescos y muy a menudo tenían dos yemas.

Hola, María, la saludaba una tendera: te esperaba. Ya no me quedan huevos. Me dicen los clientes que esta semana casi todos los huevos tenían dos yemas.

María sonreía diciendo: es que tengo las mejores gallinas del contorno. Entregaba los huevos y se marchaba.

El negocio iba muy bien, aunque ella tenía que madrugar mucho para recoger los huevos.

Hacía unos días que varias gallinas habían tomado la costumbre de poner los huevos por cualquier sitio y María tenía que tener mucho cuidado para no pisarlos.

-Vaya, decía: esas gallinas ponen los huevos en cualquier lugar.

-Hoy la Rubia-explicaba a su marido– ha puesto los huevos en el estiércol.

-Tendría frío, respondió el marido. -Sí pero yo los he tenido que recoger…

-No te preocupes, mujer –replicaba él. -Claro, como soy yo quien los recoge!… Y los dos se ponían a reír.

A María le regalaron un hermoso gallo con una gran cresta roja y hermosas plumas de colores.

Estaba muy orgullosa de su hermoso gallo. ¿Qué nombre le pondremos? preguntó a su marido. -De eso yo no entiendo; ponle el que te guste.

María tenía en una libreta el nombre de las gallinas y gallos con las fotos de cada uno.

Tras mucho pensar le puso el nombre de ‘Gallo’.

Al día siguiente por la mañana se acercó al gallo y le dijo: Te llamarás ‘Gallo’. María estaba convencida de que los animales la entendían. Y vaya si la entendió.

El gallo montó en cólera y cantó un enfurecido KIKIRIKÍ´. Vaya un nombre feo que me ha puesto –dijo para sí. Si me hubiera puesto Luisito, Pedrito u otro nombre, serían bonitos nombres para un gran gallo como yo… pero no: me ha puesto ‘gallo’, que es insultante para un hermoso y gran gallo como yo. Tanto se enfadó que estuvo varios días sin cantar.

¿Qué le pasa a este gallo, que no canta?, se preguntaba María. Lo observó y pensó que estaba enfermo, así que le dio una medicina que sabía horrible, y Gallo se enfadó más: ‘¿pero es que no se da cuenta de que un gallo importante y bonito como yo no puede llamarse  Gallo a secas’?

Al día siguiente María le volvió a dar la medicina, que estaba malísima. El gallo tuvo una gran idea: ¡Cantaré cuando quiera y no seguiré el horario de los demás gallos!

Por la tarde cantó a las cinco como los demás compañeros. -¡Vaya!, dijo María a su marido: El gallo ya esta bueno, Pepe.

Me alegro, dijo el marido, otro problema menos.

A media noche, cuando el gallinero estaba en silencio y todos dormían profundamente, el gallo salió al corral, hinchó sus pulmones y se puso a cantar con todas sus fuerzas. Las gallinas, lo otros gallos y los pollitos, que dormían plácidamente, comenzaron a gritar y hacer ruido, al creer que Gallo los alertaba de algún peligro. Cuando terminó el alboroto, todos corrieron a buscar a Gallo, a su rincón, pero él roncaba plácidamente.

¿Por qué hace eso Gallo? Preguntó un pollito pequeñín que aún temblaba del susto. –No lo sé –respondió su mamá: Habrá que preguntarle a él.

Al día siguiente cantó con los demás gallos. María lo escuchó y dijo: todo va bien de nuevo. Habrá cantado mientras soñaba. Por la noche cantó a las diez, a las doce, a las dos y a las cuatro. ¿Por qué haces eso?, le preguntó el gallo más anciano del gallinero. –Porque estoy muy pero que muy enfadado, enfadadísimo, super-enfadado, contestó.

No; si ya se nota –respondió el gallo viejo. Pero nosotros no tenemos culpa; queremos dormir y descansar. He oído a María que las gallinas ponen menos huevos por los sustos que nos das.

-Pues que se aguante! dijo Gallo. –Piénsalo: si sigues así, te echará a la olla. Yo soy viejo y he visto muchas cosas…

-Sí, pero yo soy muy guapo y no se atreverá a desprenderse de mí.

Por la noche volvió a cantar cada vez que se le ocurrió, sin respetar el sueño de personas y animales. Así continuó durante una semana. Nadie en el gallinero quería estar con él. –Eres un egoísta, le decía una gallina muy sesuda: si tienes un problema, cuéntalo y entre todos te ayudaremos; si no ponemos huevos, María nos tendrá que sacrificar y todos perderemos.

-Sí, respondió él: Pero es que yo no quiero llamarme Gallo; quiero llamarme ‘Luisito’.

-¿Y eso era todo el problema, Gallo? Perdón, te llamaré Luisito. Eso es muy fácil de solucionar: díselo a María.

-¡Pero si ella no me entiende!

-¡Cómo que no! Ella nos entiende, quiere mucho a sus animales y quiere que seamos felices.

-¿De verdad?, preguntó Gallo, ahora Luisito. –¡Pues claro!, dijo la gallina.

Al día siguiente, cuando María recogió lo huevos, Gallo le dijo: ¡Puedo hablar contigo?

-Claro, respondió María.

-Yo no quiero llamarme Gallo. Quiero tener el nombre de ‘Luisito’.

-¿Y por eso te has puesto triste, te has enfadado tanto y has montado tanto lío?

-Sí, por eso.

-Pues, Gallo –perdón, Luisito. Las cosas se explican antes que enfadarse. A mí me daba igual ponerte uno u otro nombre pero si no hablas no sabré qué te pasa ni lo que quieres. Hasta mañana, Luisito.

-Adiós, María.

Desde entonces, el gallo Luisito fue muy feliz con su nuevo nombre. EL gallinero volvió a estar en armonía y María siguió vendiendo los mejores huevos del lugar.

FIN              © M. T. Carretero García

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