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Elvira y la Cajica

Elvira y la Cajica

Elvira encontró una linda cajita.  Fue un día, al salir de clase.

Primero pasó por la era, donde estaban amontonados los haces de trigo.  Le gustaba subirse a un rodillo que allí había y darse vueltas y vueltas hasta que sentía grandes cosquillas en la tripa, y entonces paraba. Bajaba de esa rueda y se acostaba sobre la paja mirando y descubriendo en las nubes figuras de animales: un cordero, un caballo…

Después de un rato pensó que ya estaría su mamá en casa y decidió volver para que no se preocupara. Pisó sobre algo duro y con sus manos escarbó en el suelo. ¡Qué suerte tengo, pensó: he encontrado un tesoro.

Era una pequeña caja de madera. La guardaré en la cartera y no la abriré hasta la noche. Así lo hizo: la guardó en un cajón de la mesilla.

Por la noche subió pronto a su habitación. Tenía mucha curiosidad por abrir la caja de madera con remaches dorados.

Cuando intentó abrirla comprobó que estaba cerrada con llave. No tengo la llave ¿Qué haré ahora?

Encima de su escritorio tenía una ramita de olmo, de un viejo árbol que crecía en el centro de la plaza. Los viejos del lugar decían que ese árbol era mágico. Tomó la ramita, la metió en la cerradura, la giró y escuchó un clic que anunciaba que la caja estaba abierta.

¡Anda!, dijo sorprendida: era verdad lo del viejo olmo. ¡Su ramita es mágica! ¡Actúa como una llave!

Abrió la cajita. No había nada dentro. Bueno, pensó: me servirá para guardar mis tesoros… y se durmió.

A media noche sitió un olor especial, mezcla de canela, caramelo, chocolate todo junto, y se despertó. Con gran asombro vio una pequeña columna de humo que salía de la cajita. La abrió y la columna se hizo más grande. Intrigada, se sentó en la cama y vio cómo poco a poco el humo se transformó en un bello joven rubio y muy alto. La niña, al verlo enmudeció. Después de unos momentos preguntó: ¿Quién eres?

Soy, dijo el muchacho, el inquilino de la caja de madera. Llevo más de 50 años durmiendo. Al abrir la cajita me has despertado. Tienes derecho a pedirme tres favores. Si no quieres nada, cierra la caja, llévame al monte a un sitio tranquilo, tápame con hojas de árbol y olvídame.

La niña escuchaba al muchacho con la boca abierta: No, no –dijo la niña. Me llamo Elvira y quiero pedirte los tres favores. Pero me los tengo que pensar. Pues cierra la caja –dijo el muchacho– y cuando sepas lo que quieres, la vuelves a abrir. Hasta luego.

Adiós, respondió Elvira.

Toda la semana, estuvo pensando qué le pediría al muchacho rubio. El sábado abrió la caja y le dijo: Quiero que me hagas todos los deberes y los trabajos del cole y que me ayudes en los exámenes soplándome las respuestas.

El joven contestó: ese es el único favor que no te puedo hacer. Eres tú quien debe estudiar y esforzarse en aprender. Lo siento.

¡Qué fastidio! Dijo Elvira. Bueno: si no puede ser, te pediré otra cosa: quiero … quiero… que sea verano todo el año y estemos siempre de vacaciones. El joven la tomó de la mano y le dijo: eso tampoco puede ser. Pues… -dijo enfadada la niña- ¿qué clase de genio eres tú, que no tienes poderes?

Es que –dijo el joven- pides cosas que no se pueden cumplir. Si siempre es verano, no lloverá nunca y no podréis plantar para poder comer al año siguiente y mucha gente se quedará sin trabajo.

Bueno, dijo la niña resignada, pediré otra cosa.

Ten mucho cuidado con lo que pides, pues es el último favor que te queda.

¡Pero si no me has concedido ninguno! -replicó Elvira.

Yo te dije que pidieras tres favores, y ya has pedido dos. ¿Estás de acuerdo, Elvira?

La niña, resignada, dijo: de acuerdo.

Entonces, dijo Elvira, necesito que me des unos días más para poder pensar. En ese tiempo la niña conoció que en el pueblo había personas que no tenían casa donde vivir y que los niños no tenían parques donde jugar ni libros para leer y que había ancianos que necesitaban ayuda. Una noche abrió la cajita y apareció el joven rubio. Ella le dijo: este es mi último deseo: espero que se pueda cumplir. Quiero que en mi pueblo no haya gente sin casa ni niños y niñas sin parques y sin biblioteca y quiero que los ancianos tengan una casa donde puedan vivir juntos y los visitemos y nos puedan contar a los niños y niñas historias antiguas sobre nuestro pueblo y nuestros vecinos. El joven muchacho quedó muy impresionado y preguntó: ¿Y cómo has cambiado de idea? ¿Es que no quieres nada para ti?

Elvira respondió: no, no necesito nada y mis vecinos sí.

Eres muy generosa, Elvira, dijo el muchacho. Bueno, dijo ella, para mí es muy bonito ver feliz a la gente, porque yo ya soy feliz. El joven muchacho la besó, se metió en la cajita y desapareció.

Al día siguiente, la niña encontró en el lugar de la caja un pequeño corazón rojo con una cadena. Nunca se lo quitó y nunca dejó de ser feliz.

FIN                                                             © Mª Teresa Carretero García

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