Select Page

El Bosque de la Navidad

El Bosque de la Navidad

 

El bosque estaba nevado; se aproximaba la Navidad. Los animalillos corrían de un lugar a otro haciendo preparativos.

Arturo, el fantasmita, dormía en el agujero de un árbol que había encontrado.

Un ruido insistente lo despertó. Era el pájaro carpintero que llamaba a la ardilla.

TOC TOC TOC .

¡Qué impaciente eres, Bartolo, dijo la ardilla Jacinta; y no hagas tanto ruido, que despertarás a todos los habitantes del bosque.

Eso quiero, respondió  el pájaro Bartolo: me manda el águila para que nos reunamos en el claro del bosque y nos repartamos las tareas…

¿No estás un poco nervioso?, dijo la ardilla Jacinta.

Sí, Me encanta poder trabajar para los niños.

El fantasmita salió del agujero y, con muchísimo cuidado de no hacer ruido, los siguió; decía: Si me hubiera puesto el gorro y los calcetines, iría bien abrigadito. Aaaatchís!

El pájaro dijo a la ardilla: ¿qué es eso? Alguien nos sigue.

Bueno, yo no he visto a nadie, dijo ella;  será el ruido de las hojas al viento.

¡Uf! Qué suerte: no me han visto, dijo el fantasmita, escondido tras unos arbustos. Al acercarse al claro del bosque, se oían más cercanas las risas y canciones de los animales.

En el centro, el águila y el jabalí presidían la reunión.

¡Echad más leña al fuego, dijo el erizo. Y tres pájaros carpinteros dejaron caer de sus picos unas ramas para calentar la fría noche.

Amigas y amigos, dijo el jabalí: ha pasado otro año y estamos ya en diciembre. ¡Bien, bien, bien!, gritaron entre aplausos.

Este es nuestro mes favorito. Desde que nuestros ta-ta-tatarabuelos comenzaron esta tradición, siempre la hemos mantenido.

Y así será por siempre jamás, gritó el pájaro carpintero. ¡Bien, bien dicho, Bartolo!, dijo la ardilla.

Arturo el fantasmita, detrás del arbusto  pensaba:¡Qué cosas tan extrañas hacen estos animalillos! ¿A qué bosque he ido a parar?  Pero al poco tiempo, con sus discursos  se quedó dormido. Cuando despertó, no había nadie.

Al llegar al agujero del árbol donde había dormido, oyó un ruido dentro y  con mucho cuidado asomó la cabeza. Al fondo roncaba un pequeño animal: zzzzzzz.

Con cuidado se metió en el agujero. Se puso los calcetines, la bufanda y el gorro y se quedó dormido.

Al anochecer del día siguiente, el fantasmita se despertó, abrió los ojos y lanzó un grito que hizo huir a todos los pájaros del árbol: tenía delante unos grandes ojos redondos mirándolo fijamente. ¿Quién eres y qué haces en mi casa?, dijo Arturo.

¿Tu casa? Cuando llegué estaba vacía. .-¿Vacía?, protestó Arturo; ¡estaban mi bufanda, mi gorro y mis calcetines!

Pero respóndeme primero ¿Quién eres?. –Soy una pequeña lechuza; vivo  sola y busco un lugar para quedarme. -¿Y cómo te llamas? -Me llamo Cuquita, ¿y tú?.

-Yo, Arturo: soy un fantasma. -¿No te doy miedo? ¿No te doy miedo? .-No, no, yo no tengo miedo.

¡Qué valiente eres!, dijo Arturo. –No creas, dijo la lechuza: me da miedo no tener dónde dormir y estar sola.

Bueno, concluyó el fantasmita: como yo también estoy solo y aquí hay sitio para los dos, te puedes quedar si quieres.

¿De verdad?, preguntó Cuquita. -Sí, de verdad.

Cuando era ya noche cerrada, los dos salieron a pasear. La lechuza fue a buscar comida: hacía más de un día que no había probado bocado.

El fantasmita paseaba, y en el claro del bosque decía el jabalí: tenemos que corregir los errores del año pasado. – ¿A qué te refieres?, preguntaron el  águila y el cervatillo.

-Pues que se nos olvidó señalar una casa que hay en la espesura del bosque y el trineo pasó de largo.

¿Cómo pudo pasar una cosa así?, preguntaron el águila y el cervatillo.

-Este año, siguió el jabalí, hay que inspeccionar muy bien el bosque, los alrededores y los pueblos cercanos. Y señalar muy bien todos los caminos.

Arturo escuchaba pero no entendía nada.

Después de cenar, la lechuza se acercó al fantasmita por detrás y le tocó la espalda con el ala. Arturo casi chilló del susto, pero Cuquita le tapó la boca con un ala.  –¡Cuquita!, protestó Arturo: con tanto susto, me pondrás malo de los nervios.

La lechuza, dijo riéndose: Es que me encanta ver la cara de miedo que pones… Pero qué haces aquí? Escucho lo que hablan. -¡Pero eso es muy feo, Arturo!: no debemos escuchar las conversaciones de los demás.

Es verdad, Cuquita, pero de alguna manera hemos de enterarnos de lo que pasa en este bosque.

 

De vuelta al árbol, tropezaron con un conejito, que, asustado, suplicó: Señora Lechuza, no me coma, por favor. Haré todo lo que me pida. Cuquita y Arturo se miraron extrañados: nunca habían visto a nadie suplicando.

¿Y qué te hace creer que te voy a comer, conejito?, preguntó Cuquita. –Pues, pues… porque sales a cazar de noche para comer. -Sí, pero hoy ya he cenado. –

¿Entonces no me comerás?, preguntó el conejito sollozando. –¡Claro que no!. –Pues entonces pídeme lo que quieras, pero de verdad, lo que quieras.

El fantasmita y la lechuza cuchichearon entre ellos. Y la lechuza dijo: lo que quiero, conejito, es que nos digas qué pasa en este bosque.

Pe pe pe pero no lo puedo contar: es un secreto. -Pues… es lo único que te pedimos, le dijeron.

El conejito estaba muy nervioso, se rascaba los bigotes y tamborileaba en el suelo con su pata izquierda. Después de mucho pensar, dijo: bueno, lo contaré si me prometéis que será un secreto- y no lo diréis a nadie. -Lo prometemos, ¡palabra de amigos!

-De acuerdo, palabra de amigos, y recordad que si lo contáis, nos echarán del bosque a los tres. 

Como sabéis, El 24 de diciembre Papá Noel reparte juguetes a los niños y niñas del mundo. En este bosque ayudamos a Papá Noel señalando bien los caminos y limpiándolos para que los renos puedan ir muy rápidos y no tropiecen con ningún obstáculo. Señalamos en el bosque y en los pueblos cercanos las casas donde hay niños y niñas para que Papá Noel trabaje más rápido. Preparamos comida y agua para que los renos puedan comer, beber y descansar un poco.

 Esa noche, cientos de luciérnagas señalan los caminos. Las aves nocturnas como tú, lechuza esperan a Papá Noel y lo acompañan. Todos ayudamos a que su reparto sea más fácil y rápido.

El fantasmita preguntó: ¿Y por qué os tomáis tanto trabajo si es un secreto y nadie lo sabe?

-Porque a los animales, dijo el conejito, nos gustan mucho los niños y niñas: nos encanta que sean felices.

A veces Papá Noel va tan rápido que se le cae un paquete. Entonces nosotros lo guardamos y cuando algún animalillo nos cuenta que en algún sitio hay un niño sin juguetes,  se lo ponemos en su puerta. Cuando lo recogen, nos encanta ver la alegría que tienen al abrirlo: a veces nos ponemos tan contentos que nos abrazamos todos llorando de alegría.

El fantasmita dijo: ¡pues sí que os gustan los niños!

Oye, conejito, preguntó Cuquita: ¿y nosotros también podemos ayudar?; nos encantaría.

No sé, dijo el conejito. ¿Vosotros no sois del bosque, verdad?. – No lo somos, pero nos gustaría quedarnos aquí para siempre, dijo Arturo. –Bueno, yo os ayudaré. Os presentaré a los habitantes del bosque y no creo que tengáis problema para quedaros a vivir aquí y… Y a lo mejor, para el cinco de enero, que vienen los Reyes Magos, podréis ayudarnos.

¿Pero es que también ayudáis a los Reyes Magos? dijeron Cuquita y Arturo a la vez.

-¡Claro!: ayudamos a todos los que puedan hacer felices a los niños y niñas.

¡Qué guay!, gritaron Cuquita y Arturo.

Y los tres se pusieron, felices, a cantar una canción de Navidad.

FIN      © Mª Teresa Carretero García

About The Author

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *