Eulalia era una anciana que vivía sola;  poco a poco se había quedado el pueblo sin gente; ni un solo amigo: se habían ido yendo todos a la ciudad, los jóvenes y los mayores. Se cerró el colegio, también la iglesia, las tiendas…
Ella estaba a gusto sola, pues era muy valiente y no tenía miedo.
Se levantaba temprano y daba de comer a sus gallinas, ovejas y a su vieja vaca Margarita.
Hola, Margarita, le decía, buenos días, ¿cómo estás? Y la vaca le respondía: Muuu. –Muy bien, Margarita; yo también estoy bien; ¿te canto una canción mientras te ordeño?, y Margarita volvía a decir Muuu. Eulalia comenzaba a cantar. Las gallinas, empezaban a cacarear, los corderos se ponían muy contentos, los gallos entonaban su más sonoro ki-kirikí y entonces las gallinas empezaban a poner huevos una tras otra.
Qué contentos estamos todos, ¿eh?, les decía.
La cuadra y el gallinero eran un alegre griterío con el mugir de la vaca, el cacareo de las gallinas, el kikirikí de los gallos y el balar de las ovejas. Y ella decía: Yo con vosotros soy feliz y no necesito de nadie más.
Ha comenzado el otoño y pronto llegará el frio. Tengo que preparar todo para el invierno. Cortaré mucha leña para calentarme; parece que este invierno hará más frío.
Mañana tomaré el hacha e iré al bosque a cortar leña de unos árboles secos que he visto.
Y a la mañana siguiente, Eulalia cuando salía con su hacha, vio al lado de su casa… ¡un montón de leña ya cortada! ¡Vaya! ¡esto sí que es un regalo!, se dijo. No sé quién habrá sido, pero yo soy una mujer de suerte.
Por la noche, al cerrar las ventanas antes de acostarse, vio que una de ellas no cerraba bien, y pensó: hay que arreglarlas antes de que venga el frío, mañana lo haré. Al día siguiente fue por unos libros de la biblioteca de la escuela, pues ella guardaba la llave. Esa tarde la pasó leyendo en casa. Al ir a cerrar las contraventanas se llevó una sorpresa: ¡Anda! ¡La ventana me la han arreglado y cierra perfectamente! Soy muy, muy afortunada: me aparece cortada la leña y la ventana se me arregla de un día para otro…
El gato de Eulalia, de nombre Compañero, era friolero y dormilón. Una noche después de la cena estaba enroscado como un ovillo junto a la chimenea. –Ya tienes frío, Compañero, le dijo Eulalia; y el gato levantó la cabeza y se puso a ronronear. Ella entonces recordó que en mucho tiempo no había limpiado la chimenea porque la escoba de deshollinar tenía el palo roto. Hay que limpiarla para poder encender bien el fuego. Mañana le haré un mango nuevo a esa escoba con esas cañas gordas que hay junto al río. Pero deshollinar… es trabajo duro: no sé si lo podré hacer.
Al día siguiente, a la hora de la siesta estuvo leyendo y se quedó dormida un largo rato. Cuando despertó vio restos de hollín por el suelo. ¡Madre mía!, gritó, al ver que estaba la chimenea limpia como los chorros del oro. ¡Se ha limpiado sola!, exclamó. ¡Qué dices, Eulalia!, se corrigió– eso que digo es imposible, nada se limpia solo; ¡aquí hay gato encerrado!

-Miau, Miau! , chilló Compañero enfadado. ¡Que no estoy encerrado, que estoy aquí!
-Esto lo ha hecho alguien, porque en este pueblo no hay, ni nunca hubo, fantasmas. Además los fantasmas solo asustan y no hacen tareas de la casa.
Salió a la puerta y se puso a bailar de contenta; cantaba:
Con sueeeeerte. Con mucha sueeeeerte.
Soy mujer con mucha, con mucha, con mucha sueeerte.
Y los animales, al oírla cantar, comenzaron también a entonar sus melodías. Amigas mías, decía: Sabed que soy una mujer con mucha suerte.
Contempló la noche estrellada, con un cielo muy limpio, y pensó: Una de estas noches caerá la primera nevada. Tengo que recoger las verduras de mi huerta antes de que puedan helarse. También recogeré las manzanas, las peras y alguna granada que aún queda en el árbol. Tuvo un dormir muy tranquilo y feliz al pensar que su casa estaba arreglada y su chimenea bien limpia.
¡Qué disgusto se llevó por la mañana cuando no había verduras ni frutas en su huerto! ¿Quién se las habrá llevado?; me he quedado sin nada.
Bueno, será alguien que las habrá necesitado. Aún puedo conseguir que me traigan lo que necesito, porque ya pronto aparecerán los cazadores y me ayudarán.
Cuando volvió a la casa, al acercarse a la cuadra vio la puerta del almacén abierta y dentro bien ordenadas, todas sus verduras. Alguien se las había recogido. Eulalia, esto no es magia –se dijo- esto es alguien que nos está ayudando.
Miau, miau –asintió Compañero. ¿Quién eres?, gritó Eulalia, ¿estás ahí, buen amigo?, sal, que quiero conocerte. Nadie contestó y Eulalia entró en su casa y cerró la puerta.
Siguió muy atenta a cualquier ruido, tenía curiosidad por averiguar qué pasaba o quién era su amigo invisible. Compañero, decía a su gato: No estamos solos; hay alguien en el pueblo que nos ayuda. Un rato después encontró delante de su casa la fruta recogida. Compañero, dijo al gato: eso es el amigo invisible que vela por nosotros y nos ayuda. Soy la mujer con más suerte del mundo.

Y ya no buscó más quién era; sabía que tenía un amigo invisible y eso le bastaba.
Esa noche, en una casa del pueblo, unos troncos ardían en la lumbre. Un hombre calentaba sus manos al fuego de la chimenea. Era Juan, el hijo del herrero, que había vuelto al pueblo para quedarse. Por el cielo volaba el geniecillo protector de los ancianos.
FIN
© M T Carretero García

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