EL DISFRAZ DE CARNAVAL
Una tarde después de salir del cole Ángel se quedó un rato en el parque. Estaba triste porque faltaba una semana para el Carnaval y no tenía disfraz.
En el recreo habían estado hablando de los disfraces: Yo, dijo Paloma, iré de astronauta; Pepito dijo que iría de extraterrestre, y Juanita añadió: yo iré de ficha de dominó. Y yo iré de taza, dijo Pedrito. Pero Ángel los escuchaba callado.
Paloma se acercó y le dijo: Y tú, Ángel, ¿de qué te vas a disfrazar? -Este año mi mamá no me puede comprar un disfraz: mi papá está en el paro.
Ah, aah…, respondió Paloma. Yo te dejaría uno de mis disfraces de otros años pero te quedaría pequeño.
No te preocupes, Paloma, muchas gracias, de todas formas.
Ángel no quería que su mamá lo viera triste, por eso se fue al parque a sentarse en un banco hasta que se le pasara la tristeza.
En un árbol cercano conversaban un jilguero, una ardilla, una mariposa… Se fijaron en el niño: estaba solo, sentado en un banco, con la cara triste. La mariposa descendió del árbol para posarse en el banco. El niño la miró, sonrió y bajó la cabeza. De nuevo volvió al árbol la mariposa. A ese niño le pasa algo: no me ha mirado y los niños se alegran cuando me ven y quieren atraparme.
Estará cansado o en sus pensamientos, dijo el jilguero. –Os digo que le pasa algo, seguro, seguro. –Bueno, ya lo descubriremos; ahora vamos a lo nuestro, dijeron ellos.
–Yo me quedo: estoy segura de que necesita ayuda, dijo la mariposa.
Al cabo de un rato el niño se marchó. Habrán sido suposiciones mías –pensó la mariposa.
Al día siguiente el niño volvió al parque, al mismo banco. La mariposa voló a avisar a sus amigos: el niño ha vuelto al parque, está solo y aún con cara triste. Voy a enterarme de qué le pasa. Revoloteó junto al niño y él levantó la cabeza, sonrió y le dijo: ¡qué colores tan bonitos tienes! La mariposa se posó en su mano y el niño siguió: no te toco porque si lo hago, el polvillo de tus alas pasará a mis dedos y no podrás volar.
Gracias, dijo la mariposa. –Es que hablas?, preguntó el niño sorprendido. -Sí, cuando veo a un niño triste hablo.
No me gusta ver tristes a los niños. ¿Te puedo ayudar? –No, no puedes. –Cuéntame qué te pasa, por favor, seguro que entre los dos lo solucionamos. –Bueno, te lo contaré, pero seguro que no me puedes ayudar.
La mariposa le dijo: Espera un poco, quiero que lo escuchen mis amigos; ¿te importa? -No, pueden venir.
Ella voló sobre la cabeza, los brazos y las piernas del niño, e inmediatamente se presentaron sus amigos: un conejito, un jilguero y una ardilla. Todos saludaron y se sentaron en el banco a escuchar la historia de Ángel.
-Pues veréis: ya estamos casi en Carnaval y este año no tengo disfraz. Todos los niños y niñas de mi clase ya tienen casi terminados los suyos.
¿Y por eso estás triste?, preguntó la ardilla. –Sí, por eso.-Pero eso no es problema, dijo el conejito.
–Para mí sí es problema, insistió Ángel: a mí me gustaría disfrazarme pero en mi casa no pueden comprarme un disfraz, y como no quiero que mi madre se preocupe, vengo todas las tardes al parque hasta que se me pase la tristeza, que mi madre no me vea así. Bueno, ya me tengo que ir hasta mañana, que es muy tarde.
–Adiós niño. Me llamo Ángel, dijo él. Adiós, Ángel, dijeron todos.
Ángel marchó sonriendo pensando cómo se quedarían sus compañeros y compañeras si les decía que había hablado con unos animales en el parque.
Los cuatro animalillos ahora hablaban entre sí animadamente, pero todos a la vez, y no se entendían, hasta que la mariposa dijo: ¡Silenciooo! Si todos hablamos a la vez, no podremos ayudar al niño. Vamos a dar nuestro último paseo del día y cada uno esta noche pensaremos cómo ayudar a Ángel.
Al día siguiente se reunieron los animalillos. Todos hablaban a la vez porque cada uno tenía una idea. La mariposa impuso silencio ¡Así no nos entenderemos! Y cada uno por turno iba explicando cómo imaginaban el disfraz para Ángel.
Al final dijo el jilguero: Ahora que estamos de acuerdo cómo será el disfraz, todos manos a la obra.
Los animalillos y algunas plantas hacían cada cual su parte. La araña, muy buena tejedora, ayudó a coser el disfraz. La abeja trajo cera y miel para pegar algunas de las piezas del traje.
Esa tarde al ir Ángel al parque, fueron sus amigos a recibirlo. ¿Cómo va el disfraz? Preguntó. Bien, le respondieron. Llamaron a la señora Araña, que llegó con su metro de modista. ¿Para qué es eso?, preguntó Ángel. Es para saber cómo de largo va a ser el disfraz y dónde hacerte los agujeros para los brazos y los ojos. ¿Y de qué es el disfraz?, preguntó el niño, muy intrigado. –Es una sopresa, dijo la araña. Es muy bonito y original, seguro que ganarás. Esa noche Ángel se durmió pensando en su disfraz.
La tarde anterior al concurso de disfraces, Ángel volvió al parque. –Hola, amigos. Vengo a recoger mi disfraz. –No te lo puedes llevar, le dijeron. -¿Cómo? ¿Es que no lo habéis terminado? ¡Qué disgusto! . –Está terminado y te lo llevaremos a la puerta del cole mañana. ¿Pero seguro, seguro? –Seguro, allí te daremos el disfraz. Ángel no durmió en toda la noche pensando cómo sería.
Al día siguiente se levantó muy temprano, desayunó y se fue al cole. Al llegar, sus amigos animalillos estaban esperándole con el disfraz.

–Mira, este es el disfraz, dijo la mariposa. ¡Madre mía, es precioso, me encanta¡ ¡Gracias, muchas gracias, os quiero!
El disfraz era un hermoso árbol formado por ramitas y hojas que los árboles del parque habían dado para hacerlo. La araña, desde lo alto del disfraz decía: ¡Rápido, tienes que ponértelo, ya vienen niños con sus disfraces! El disfraz le quedaba perfectamente.
Bueno, amigos, muchas gracias por vuestra ayuda, ha sido un gran regalo.
Los animalillos, sonriendo dijeron: Pero nosotros vamos a ir en el disfraz para que nos vean, formamos parte de ese árbol.
¿De verdad?, dijo Ángel encantado. El disfraz se llamó Los árboles somos tus amigos.
Fue el mejor disfraz. Ganó el primer premio. Ángel estaba muy contento de tener un disfraz y de haber ganado unos amigos. El disfraz lo colocaron en el Cole junto a otros premios y trofeos.
FIN

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