La Reina Úrsula, en el Reino de la Frontera, vivía muy feliz con su marido el rey Julián. Úrsula gustaba de pasear por los jardines del palacio y visitar la biblioteca, donde se entretenía leyendo  historias y libros de ajedrez.

Un día vino a visitar a la reina su prima Lydia. Le contó el viaje desde su lejano país.

Cuéntame , prima Lydia, ¿Cómo ha sido ese viaje?  –Muy largo, prima: hemos viajado en camello por el desierto, en barco… y hemos sufrido terribles tempestades. Mi séquito ha tenido que luchar contra todo tipo de peligros: grandes osos, animales monstruosos que nos cortaban el paso y salteadores de caminos… en fin, ha sido una hazaña llegar hasta tu reino.

Bueno, apuntó la reina Úrsula: ahora descansa y reponte de esa aventura.

Lydia se quedó varios meses en la corte. Un día le preguntó su prima la Reina: De todo lo que has visto, ¿qué es lo que más te ha impresionado?

Lydia pensó un poco y respondió: la nieve.  -¿Qué es eso, Lydia?  -Pues, la nieve . . . la nieve.

Pero yo no sé lo que es. -Pues… pues es hermosísima, algo único.

¿Y cómo me lo explicarías para que yo lo entendiera? –dijo la Reina, pues yo nunca la he visto.

-Veamos: Es como si cayeran del cielo diminutos  trocitos de nubes de algodón; se van depositando en el suelo y se forma una espesa alfombra grandísima, blanca blanquísima que lo cubre todo. Es… precioso.

Y dónde viste eso, Lydia? -En las tierras altas del Cáucaso. A veces las casitas y los árboles quedan casi sepultados por la nieve.

-¡Cómo me gustaría ver eso, prima!

Pídeselo a tu marido, dijo Lydia; a lo mejor te lleva.

Lydia, tras unos meses en el Reino de la Frontera, retornó a su país. Úrsula se quedó sola y solo pensaba en lo que le había explicado su prima. Poco a poco se fue poniendo triste, muy triste. El rey le regaló muchos libros nuevos, trajes, perfumes y un precioso caballo negro, pero Úrsula cada día estaba más triste. Tan triste que enfermó.

El rey averiguó que la razón de la tristeza era porque quería ver la nieve. –Pide lo que quieras y lo pondré a tus pies, le dijo.

La reina sonrió, tomó la mano del rey y continuó triste como siempre.

El rey reunió a los sabios del reino pero nadie sabía cómo conseguir que nevara en el Reino de la Frontera y así lo viera la reina Úrsula.  Un día cambió sus ropajes reales por el atuendo de uno de los servidores de palacio, y se dispuso a recorrer el reino para hallar quien lo solucionara.

 Entró en mesones, recorrió caminos, durmió en establos…  Y un buen día observó a un hombre en un huerto recogiendo hortalizas.

Buenos días, buen hombre , le dijo el hortelano. ¿Qué hace usted por acá?

Busco un remedio para mi mujer, que está enferma de tristeza.

¿Qué le pasa? Preguntó el hortelano.

Que quiere ver la nieve y en este reino no hay.

Mira, dijo el hortelano: yo te puedo ayudar. ¿De verdad?, dijo el rey; cuánto me cobrarás?

Nada; por ayudar a la gente no se cobra nunca nada. ¿Ves aquellos árboles al fondo del huerto? -¿Y eso  qué tiene que ver con la nieve? Pues mucho, respondió el hortelano: esos árboles se llaman almendros y echan unas flores blancas que cuando se abren parecen nieve.

¿Nieve?, dijo el rey ¿nieve nieve? Vente conmigo, que me ayudes a plantarlos

¡Pero si yo soy feliz aquí!, respondió el hortelano.

Más lo serás en mi palacio conmigo. Soy tu rey.

El hortelano se quedó mudo, pues las ropas del rey eran como las suyas.

¿Y cómo llevas esas ropas? .-Pues para que no me reconozcan.

Bien, Majestad, dijo el hortelano; voy con vos donde queráis.

El rey lo nombró jefe de los jardines, de los huertos y de las fuentes reales. Pronto plantaron de almendros los alrededores de palacio y los montes cercanos.

Úrsula seguía enferma de tristeza.

Pasó el tiempo y llegó febrero del año siguiente.  Dispusieron la cama de la reina cerca de la ventana. Cuando salieron las flores, el campo, el monte y parte del jardín estaban cubiertos por una bellísima capa blanca: era la flor del almendro.

Cuando Úrsula lo vio se le quitó la tristeza y dijo: ¡Al fin, sé como es la nieve!

Poco a poco, su mejoría fue en aumento. Cuando se pudo levantar, daba grandes paseos entre los almendros en flor.

El hortelano se hizo muy famoso, pero lo que más le gustaba era haber ayudado a quitar la tristeza de la reina y que el rey fuera su mejor amigo.

Y vivieron todos muy felices durante muchos años.

FIN

(adaptación libre por M T Carretero, de la famosa leyenda)

Facebook Messenger
Share This