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El Conejito que perdió un Diente

El Conejito que perdió un Diente

Una tarde de verano, Pitu paseaba por el bosque donde vivía en con su hermano y sus papás.

Llegó a un claro; sacó su bocata de una bolsita de tela y se dispuso a merendar.

¡Qué pena que ya estén terminado las vacaciones de verano!, pensó.

Oyó un gemido; luego otro y otro. Era algún animalillo llorando.

Dejó el bocata, se levantó y miró a su alrededor. Pudo ver tras una roca un conejito blanco con unos preciosos ojos azulados.

Este, al verla, intentó esconderse. No te escondas, soy la niña del bosque -dijo Pitu. ¿Por qué lloras? ¿Qué te ha ocurrido?

El conejito la miró fijamente, se secó una lágrima y dijo: Soy un conejito muy desgraciado.

¿Por qué?

Pues porque he perdido un diente; ¿no ves?, dijo mostrando su boca sin uno de los dientes delanteros.

No te preocupes, a mí también se me han caído dientes, y luego me han vuelto a salir, dijo Pitu.

El conejito bajó la cabeza y sollozando dijo: Si a un conejo se le cae un diente, no le vuelve a salir. Y ese era un diente importantísimo para mí: con él y su compañero partía todo lo que comía. Sin ese diente, tendré que llevar mucho cuidado y ya no podré roer la rica zanahoria ni las ramas que comía y tanto me gustaban.

La niña no sabía cómo consolar al conejito y le dijo: Oye, conejito ¿Cómo te llamas?

Me llamo Saltarín, dijo el conejito.

Yo me llamo Pitu y te diré una cosa: A mi hermano Guille se le ha caído un diente. Lo pondremos debajo de la almohada, porque al día siguiente el ratoncito Pérez te deja un regalo.

Y eso a mí ¿para qué me sirve? Preguntó Saltarín.

Pues, le puedo escribir una carta al ratoncito Pérez pidiéndole que nos ayude; ¿Qué te parece, Saltarín? Podríamos intentarlo. No perderíamos nada.

De acuerdo, dijo el conejito. Nos veremos aquí dentro de dos días, dijo la niña.

Así será, dijo el conejito.

Pitu contó a Guille el problema de Saltarín. Entre los dos escribieron una carta al ratoncito Pérez que decía:

Somos dos hermanos: Guille y Pitu. Le dejamos esta carta junto al diente de Guille por si nos puede ayudar. Nuestro amigo Saltarín es un conejito que ha perdido un diente. No pedimos ningún regalo para él, pero sí nos gustaría que nos ayudara a conseguir un nuevo diente para nuestro amigo. Es muy importante, pues con solo un diente no puede comer bien.

Si para ayudarle es necesario que no nos traiga más regalos cuando se nos caiga un diente o muela, no nos importaría. Pero por favor, ayúdenos con el conejito. Muchos saludos de Guille y  Pitu.

P. D.: Por favor, contéstenos lo más rápido que pueda.

A los dos días, Pitu y su hermano se encontraron con el conejito. ¿Tenéis noticias del ratoncito Pérez? Preguntó Saltarín. No, aún no, respondieron ellos.

Pero nosotros dejamos la carta bajo la almohada y al día siguiente había desaparecido: Seguro que el ratoncito se la llevó, dijo Pitu.

Nuestra mamá te manda puré de zanahorias para que comas unos cuantos días.

Gracias, dijo el conejito. Pero lo que yo necesito es un diente nuevo.

Pasó una semana. Un día que Guille y Pitu hacían  la cama, bajo la almohada encontraron una carta.  Era del ratoncito Pérez: Queridos Pitu y Guille. He estado buscando alguien que pudiera ayudar al conejito  Saltarín. En vuestro bosque vive un anciano que conoce muchísimas hierbas y dice que hay una que se llama crecedientes. Es muy difícil de encontrar pues crece en lugares muy escarpados y de muy difícil acceso.

Os envío un plano para que le enseñéis al conejito cómo llegar a la hierba crecedientes. Cuando la encuentre, debe comer hierba crecedientes durante tres días en el desayuno en la comida y en la cena. Dice el anciano que es muy amarga y que la debe masticar muy bien. Espero que todo se resuelva bien para vuestro amigo el conejito.

P.D. Cuando encuentre el lugar donde crece la hierba crecedientes debe destruir el mapa y no contarle a nadie dónde la encontró. Si lo cuenta, el diente desaparecerá.

Pitu y Guille corrieron a leer al conejito la carta. Entre los tres estudiaron el mapa. Cuando el conejito se lo aprendió, hizo el viaje.

Pitu y Guille lo despidieron y le desearon mucha suerte. Dos semanas después, cuando salían para la escuela, oyeron unos golpecitos en el cristal de la ventana. Era Saltarín, que les dijo: gracias, amigos, por vuestra gran ayuda.

¿Ya estás aquí? Dijeron los niños. ¿Cómo te fue el viaje? Muy bien, muy bien, respondió Saltarín. Te tomaste la hierba? Preguntaron los niños.

Claro, respondió su amigo el conejito, y sonrió. Mirad, mirad, dijo: dos hermosos dientes delanteros. Gracias por vuestra ayuda. Decidle al Ratoncito Pérez que muchas gracias por ayudarme.   Ya se lo diremos, respondieron los niños; pero tendremos que esperar que se nos caiga otro diente para contárselo.                         

                                                                                                                                                                    FIN

© Mª Teresa Carretero

 

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