El caramelo Melo iba muy contento con sus compañeros en una bolsa de celofán que llevaba un niño en la mano.

Me los comeré cuando llegue al parque, pensó el niño.

Me sentaré en el parque, tomaré un caramelo de limón y lo chuparé lentamente hasta que se deshaga en mi boca.

Al cruzar la calle se le acercó un gran perro, le arrebató la bolsa de celofán y se la llevó entre los dientes.

El niño corrió tras el perro, pero no lo pudo alcanzar.

Los caramelos chillaban asustados en la bolsa, pues el perro la sujetaba como a una presa entre sus dientes.

¿Qué hacemos? Preguntó el caramelo de naranja a sus compañeros.

Pues nada, dijo el caramelo de fresa: estamos atrapados en la boca del perro y en el celofán.

Pues yo, dijo el caramelo de limón, llamado Melo, intentaré escaparme.

No lo hagas, le aconsejaron los caramelos de chocolate, vainilla y naranja. muy asustados. Te perderás por ahí fuera.

Bueno; yo lo intentaré, dijo el caramelo Melo. Si me pierdo, ya veré lo que hago.

El caramelo Melo aprovechó un agujero de la bolsa que un colmillo del perro había hecho.

Con mucho cuidado y sin moverse, fue haciendo más grande el agujero hasta que cupo por él.

En un descuido del perro, viendo que estaban en un parque… ¡zas!: se tiró al césped, que era mullido, y no se hizo daño.

Se quedó largo rato tendido en la hierba sin moverse. comprobó que no había nadie cerca, se levantó y empezó a buscar un banco vacío.

 

Después de caminar un rato, encontró un banco; en él había un niño sentado. ¿Me puedo sentar contigo? preguntó el caramelo Melo. Si, dijo el niño, pero hoy no tengo ganas de hablar.

¿Qué te pasa? 

– Pues… estoy un poco triste: un perro me ha quitado mi bolsa de caramelos. 

-¡Qué pena!, dijo el caramelo Melo; y añadió: yo iba  con mis compañeros en una bolsa. La llevaba un niño y un perro se la arrebató. Pero yo me he escapado y busco al niño para que me coma.

– ¡Qué suerte!, caramelo Melo! Tú estabas en mi bolsa que me quitó el perro. ¡Qué amable. Gracias por buscarme.

– No hay de qué; yo solo quería conocer al niño que me compró.               

-Bueno, continuó Melo: y ahora si quieres me puedes comer.

-No, caramelo Melo; te guardaré para recordar que no perdí todos los caramelos.

Y guardó el caramelo en el bolsillo interior de su chaqueta, junto al corazón.

FIN

© Mª Teresa Carretero García

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