BURRO GRANDE, ANDE O NO ANDE

Manolín está muy feliz: va con su mamá de compras. Por fin se va a comprar la camiseta que tanto le gusta. Cuando vaya a clase, mis amigas y amigos se quedarán mirando mi bonita camiseta, piensa.
En la tienda, Manolín va corriendo a la sección de las camisetas… ¡no está en su sitio! ¡no puede ser! No se la pueden haber llevado! ¡Ayer pasé por aquí y la tenían! No puedo tener tan mala suerte.
Para el niño esa camiseta es muy importante: todo el dinero que ha recibido por su santo y cumpleaños y también la paga de la semana, lo ha guardado para comprarla… y ahora no está.
¡Pero, mamá..! balbucea, ¿es que me voy a quedar sin mi camiseta?
-No te preocupes, elige otra que te guste; has visto que las hay muy bonitas y cuando traigan tu talla, yo te la regalaré.
Manolín frunce el ceño y responde: ¡No, yo no me voy de la tienda sin mi camiseta! La dependienta la busca por el almacén. Al rato vuelve algo seria. ¿No ha encontrado la camiseta?, pregunta la mamá. Sí, responde … pero es una talla que le está bastante grande.
Manolín se pone muy contento y dice: ¡pues me la llevo!
-Pero hijo, ¡si es la talla de tu padre!, le dice la mamá.
-Me da igual, replica Manolín, ¡ya creceré! Yo me la llevo.
Bueno, dice la madre resignada. Tú, como dice el refrán: Burro grande, ande o no ande.

NO ES LO MISMO LLAMAR QUE SALIR A ABRIR
En la clase de Miriam hay un niño, Miguel, muy estudioso. Saca buenas notas en todas las asignaturas menos en plástica y manualidades, en las que es algo torpe. En el último control ha sacado mala nota en esas dos.
Cuando la profesora reparte los ejercicios, le comenta a Miriam: Tu trabajo ha sido muy creativo y está bien hecho. Se nota que le has dedicado mucho tiempo. Miriam sonríe muy contenta pensando en la alegría que se llevarán sus padres cuando lo sepan.
Miguel, has hecho un trabajo ‘malillo’; debes mejorar –dice a este la profesora.

Después de clase, se acerca Miguel a Miriam y le pregunta: ¿me podrías ayudar con la plástica y las manualidades? –Claro que sí, le responde ella. Este fin de semana y cada vez que lo necesites iré a tu casa y trabajaremos juntos, ya verás que al final llegarás a ser tan bueno en esto como en lo demás.
Pasa el tiempo y Miriam se da cuenta de que le cuesta trabajo entender las matemáticas, pero piensa: Miguel, que sabe mucho, seguro que me ayudará. Al entrar a clase le pregunta a Miguel. ¿Me podrías ayudar con las ‘mates’?, no las entiendo muy bien. Miguel responde muy serio: no tengo tiempo; tengo que estudiar mucho para sacar sobresalientes.
Y Miriam se va, pensando: Como dice el refrán, ’no es lo mismo llamar que salir a abrir’.

EL BURRITO DELANTE PARA QUE NO SE ESPANTE

Una tarde fue Mario a casa de Celia para hacer entre los dos un trabajo del cole. Me gusta trabajar contigo, dijo Mario. A mí también, dijo Celia; creo que somos un buen equipo. -Es verdad, nos comprendemos bien, así que pronto terminamos.

Cuando acabemos, dijo la niña, mi mamá nos tendrá preparada una merienda y luego podremos jugar un rato hasta que tengas que irte.

Terminados los deberes, la mamá de Celia les ofreció fruta, frutos secos y una riquísima tarta de manzana .

Da bastante hambre después de hacer los deberes, dijo el chico. Claro que sí, dijo la mamá: habéis hecho trabajar mucho al cerebro. Ja, ja, ja, rieron los niños, será por eso.

Mario, cuéntanos algo de tus últimas vacaciones, dijo la mamá de Celia.

Pues estuve en la playa con mis abuelos. Lo pasé muy bien. Yo y mi abuelo fuimos un día al puerto a ver a un amigo pescador que había salido a pescar sardinas. Yo y mi abuelo subimos al barco y el hombre nos enseñó todo lo que había en el barco.

Yo y el pescador ordenamos las cajas, luego yo y el marinero repasamos las redes para dejarlas bien limpias de peces. Al final yo y mi abuelo cogimos sardinas, que llevamos a un bar del puerto, donde las asaron. Yo y mi abuelo, el joven y el pescador nos las comimos y estaban riquísimas.

Pero Mario…Tú eres estudioso, dijo la mamá de Celia; ¿y cómo dices yo y fulanito, yo y tal otro…? Sabrás que el que habla se coloca el último en la frase.

-Sí, es cierto pero…

-Pero el burrito delante…, dijo Mario, que ya comprendía su error,

para que no se espante -concluyeron los tres entre risas.

 

 

 

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