El barco de las sorpresas parecí­a estar esperando a Paloma y Martí­n aquella mañana.

Bajaron pronto a la playa. Estaba casi desierta. A lo lejos una señora paseaba un perro.

Oye, dijo Martí­n a su hermana señalando al norte: vamos a explorar aquel extremo; nunca lo hemos visto. Caminaron hasta allá.

Pues este rincón me parece igual que nuestra playa, dijo Paloma. No, aquí­ no hay olas ni el aire huele a mar, señaló su hermano.

Bueno, si tú lo dices…pero yo no noto nada.

Mira, Martí­n, mira: un barco, ¡Qué colores tan bonitos tiene!

¡Anda!, dijo Martí­n: ¡Si tiene todo el casco cubierto de conchas marinas! Nunca las habí­a visto de esa clase: le quitaré alguna para mi colección.

¡Como me gustarí­a verlo por dentro!, dijo Paloma.

¿Subimos? -No, dijo Paloma: primero, hemos de pedir permiso al capitán.

-Vale, dijo Martín.

Ah del barco! ¡Ah del barco! ¡ah del barco!

Nadie respondió. No hay nadie, no contestan, dijeron los dos. Vamos a subir.

El barco por dentro parecí­a antiguo. Su aspecto era distinto al de otros barcos.

Entraron al camarote del capitán. Martín vio unos mapas sobre la mesa y decidió ojearlos. Tomó uno y todo se transformó.

Apareció un barco pirata enfilando hacia ellos sin duda para abordar y adueñarse del  barco y de ellos mismos. Tomaron un rifle cada uno y consiguieron tenerlos a raya,  pues dos marineros aparecieron a tiempo por una escotilla y dispararon cinco cañonazos, poniéndolos en fuga. Y enseguida salieron de cubierta los marinos por donde habí­an venido.

Asustados, pero con más ganas aún de conocer el barco por dentro, los dos hermanos siguieron explorando. ¿Dónde se habrán metido los dos marinos?

Bajaron una escalerilla y dieron con la bodega. Paloma dijo: ¡Es como en los barcos antiguos!

Había mucha comida, harina, herramientas, toneles de agua y vino.

En un rincón vieron un niño que los miraba asustado. ¡Si os ve el capitán se enfadará mucho!, dijo.

¿Qué haces aquí­?, preguntaron los dos.

Viajo de polizón. Me he escapado de mi casa en Cork, Irlanda. Voy a Estados Unidos para trabajar y traerme luego a mis padres y hermanos, que en mi país se pasa mucha hambre. Por favor, no digáis al capitán que me habéis visto o me echará al mar.

Se oyó en el barco mucho ruido y marineros que entraban y salí­an de la bodega llevando cosas.

Ya hemos llegado, dijo el niño. Esto es el puerto de Boston, ¿bajáis conmigo?

No, dijeron los niños: si nos vamos del barco, nos perderemos. Que tengas mucha suerte. Adiós.

Uf, qué mal lo he pasado, dijo la niña: si hubiéramos bajado del barco, no podrí­amos volver a casa.

Es verdad, asintió Martí­n.

Salieron de la bodega. Por una ventana la niña vio la playa y su casa y sonrió feliz.

¿Seguimos recorriendo el barco, Paloma?

Sí­; es un barco con muchas sorpresas.

Entraron en un salón, donde un mago ensayaba sus trucos de magia. Los dos niños lo miraban encantados.

Los vio y dijo: niños, venid acá­: necesito dos ayudantes. Los niños se acercaron.

-Os taparé con este paño rojo. Cuando os lo quite, salí­s.

Un, dos, tres, ¡Ya!

Enfrente tení­an un espejo. Al verse en él, quedaron horrorizados y gritaron: ¡nos has convertido en conejos!

¿No es divertido? – dijo el mago: los niños son ahora conejos.

No, no lo es, –dijeron ellos: ¡Vuelve a hacernos niños, ya! ¡Te lo ordenamos!

Entonces apareció un gatazo que iba rápido hacia ellos. ¡Socorro, socorro! gritaban los niños, intentando meterse en una pequeña caja. No cabemos, dijo la niña, ¿qué hacemos?

Y de pronto volvieron a ser niños.

Adiós, les dijo el mago.

Hasta nunca, respondieron.

La niña dijo: ¡cuántas cosas nos han pasado esta mañana! Es verdad, asintió Martí­n.

Es ya hora de comer y nos echarán en falta, dijo Paloma: vamos rápido.

Corramos, dijo Martí­n. Y su hermana añadió: No contemos a nadie lo que nos ha pasado en el barco; nadie nos creerí­a.

-Es verdad, nadie nos creería: será nuestro secreto del verano.

Facebook Messenger
Share This