Ángel hacía él solito en su cuarto los deberes por las tardes. Era un niño estudioso. Vivía con su papá, su mamá y Luisito, su hermano pequeño. Le encantaba ir al colegio, donde lo pasaba muy bien con sus amigas y amigos.

Luisito, que era muy revoltoso, a veces cogía algún cuaderno y hacía en él sus garabatos. Una tarde, al volver del cole, Ángel puso la cartera en su habitación, sacó los libros y cuadernos y dejó todo preparado para hacer los deberes.

Fue a la cocina y se hizo un bocata de atún con tomate.

Al volver a su habitación abrió el cuaderno y se puso a hacer los deberes: una redacción y unas cuentas.

Al día siguiente en el cole, abrió la libreta y con sorpresa vio que algunas de las cuentas en su cuaderno estaban llenas de tachaduras.

Extrañado pensó: ¿Qué habrá pasado?

Estoy seguro de que ayer hice todas las cuentas.

Al día siguiente, los deberes eran hacer un dibujo donde apareciera una casa con árboles. En el cole, abrió su cuaderno y vio que estaba borrada la casita. Entonces preguntó a su mamá ¿Tú sabes si mi hermano pequeño ha entrado en mi habitación?

No, Ángel, nadie ha entrado. Pues entonces, dijo él, es cosa de magia, porque mis deberes se borran de la libreta, mamá.

Sí que es raro lo que dices, comentó la mamá; tendremos que buscar la causa de lo que pasa.

Una tarde, haciendo los deberes, observó que una hoja se llenaba de pintarrajos sola y que se subía a una estantería. Aquí pasa algo raro, dijo Ángel, y  lo averiguaré.

Otra tarde, estaba escribiendo un cuento para la clase de lengua y vio que cuando acababa de escribir un renglón, se le borraba. Volvió a hacerlo y se volvió a borrar.

Esto no puede seguir así,  dijo. Si hay alguien en la habitación, que salga y me diga qué quiere, por favor.

Nadie contestó.

A media noche se encendió la luz. Un lápiz comenzó a correr por la habitación perseguido por una goma. ¡Basta ya! Dijo el niño. Me volveré loco.

Entonces se oyó una voz: no, no; yo no quiero que te pase nada.

Ah, sí?, dijo Ángel muy enfadado. Pues, explícame todo esto que pasa.

 

Encima de la mesilla apareció un pequeño duendecillo con un traje de colores y un gorro muy extraño.

¿Quién eres tú?, preguntó el niño. Soy un duende que quiere aprender a leer y a escribir y me gustaría mucho acompañarte a la escuela. Te contaré un secreto. 

Muchos días me metí en tu mochila y estaba sentado junto a ti en el cole. Pero  yo hace tiempo que sé leer y escribir –dijo el niño. Ya lo sé, dijo el duendecillo, pero me gusta estar contigo e ir a tu clase. Tú me puedes enseñar a leer y a escribir en tu casa.

No te molestaré, lo prometo. Pero es que… me lo paso tan bien en tu cole que me gustaría poder ir contigo todos los días.

Bien, dijo Ángel muy serio; pero en el cole no puedes hacer diabluras como me has hecho a mí. El cole es para estudiar y aprender. Y –añadió el duendecillo– también para cantar, jugar, conocer muchos niños y niñas…

Es verdad, dijo Ángel, mañana te espero aquí a las ocho y media de la mañana.

Seré puntual, dijo el duendecillo.

Por la mañana tenía Ángel preparada una sorpresa para el duendecillo: una mochila diminuta, unos lápices, una goma y una libreta.

Le dijo: toma, este es mi regalo para el cole. El bocata es de crema de chocolate, mi bocata favorito.

Gracias, dijo el duendecillo, emocionado: gracias por tu regalo. Y se marcharon hacia el colegio.

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